Intro

La música es y siempre ha sido una importante herramienta para la expresión personal y también para la crítica social. A lo largo de su historia, las mujeres han sido parte del proceso creativo, pero muchas veces sus contribuciones han sido pasadas por alto o subestimadas. Por ejemplo, en los primeros días del rock, eran relegadas a papeles secundarios siendo coristas o tecladistas.

No fue hasta la década del 70, con el auge del punk y del new wave, que las mujeres comenzaron a emerger como poderosas vocalistas e instrumentistas, incluso llegando a conformar bandas compuestas exclusivamente por mujeres, como fue la banda que fundó Joan Jett en su adolescencia: The Runaways.

Limitándome al instrumento que más me gusta, que es el bajo, no puedo evitar notar el papel crucial que han jugado las bajistas en la industria musical. En primer lugar, rompieron las barreras al ocupar espacios tradicionalmente dominados por hombres, desafiando estereotipos de género y demostrando que las mujeres pueden ser tan habilidosas e innovadoras como sus contrapartes masculinas. 

Kim Gordon (Sonic Youth)

En segundo lugar, han aportado estilos únicos a la música que han creado. En algunos casos, sus líneas de bajo se han convertido en partes de canciones icónicas como lo son Psycho Killer, por Tina Weymouth (Talking Heads), y Debaser, por Kim Deal (Pixies); que, de acuerdo a NME, son dos de las mejores líneas de bajo de todos los tiempos.

Por último, la presencia de mujeres bajistas en bandas ha ayudado a crear un panorama musical más inclusivo. Cuando las niñas las ven tocando ese instrumento, es muy probable que se sientan inspiradas a imitar sus pasos. Ese impacto puede tener tal efecto dominó que lleve a las mujeres a todas las áreas de la música, desde la composición hasta la producción.

Kim Gordon (Sonic Youth) ha dicho que las mujeres somos anarquistas y revolucionarias naturales, ya que al ser ciudadanas de segunda clase, siempre estamos forjando nuestro propio camino. Es sabido que para muchas músicas sus caminos han sido obstaculizados, pero el fruto del trabajo duro contra una industria machista se sigue apreciando hasta hoy.

De ahí surge mi necesidad de escribir al respecto y de emprender un mini viaje a través de la historia musical y dedicar unas palabras a bajistas que han tenido un gran impacto en chicas como vos y como yo.

Leer por placer

Cuando algo está presente a lo largo de toda tu vida, no lo cuestionás. Para mí, recorrer los lomos de mi colección de libros infantiles y elegir qué historia me iba a acompañar a la hora de dormir era algo tan natural como tomar un vaso de agua. Prender el velador, acurrucarme entre las sábanas y devorar palabra tras palabra era mi rutina nocturna. Sin embargo, al ir al otro día a la escuela me daba cuenta de que no todo el mundo hacía lo mismo. En algún momento, al ser adolescente, sí me subí a un pedestal moral construido con clásicos, donde me dedicaba a juzgar a quien no leía. Cuando era chiquita solo me preguntaba por qué yo sí y el resto no. Me daba curiosidad. ¿No les gustaba embarcarse en aventuras con sirenas que querían asesinar por amor, bailar en castillos hasta que los pies hiervan o ser hipnotizados por la melodía del flautista de Hamelin? Lo bueno de leer historias tremebundas era que si me asustaba demasiado, siempre tenía la opción de cerrar el libro de golpe.

Resulta que no, no era un hábito para todos. Parecía que la lectura para muchos era una actividad tediosa cuyo ejercicio se limitaba a las paredes de la escuela. Yo siempre quería ir más allá de eso. Eran varios factores. Por un lado, me movilizaba el hambre voraz por conocimiento, como cuando buscaba palabras nuevas en una enciclopedia gigante para anotarlas en una libreta, con su respectivo significado, porque sí. También la curiosidad, como la vez que leí el fragmento de una novela en el libro de Lengua y me resultó tan interesante que pedí que me compraran la novela, aunque nunca llegamos a dar el capítulo del cuento policial en clase. Era «Octubre, un crimen», de Norma Huidobro. Yo también quería encontrar cartas misteriosas bajo el ruedo de un vestido y resolver un caso.

Por otro lado, la lectura era una manera de armar una coraza a mi alrededor. Cuando leía frente a toda la clase me ponía colorada hasta el punto de sentir las mejillas arder. Una situación que no mejoraba cuando algún burlón hacía un comentario, el típico «se puso colorada», estirando la última «a», como si yo fuera incapaz de sentir la sangre hirviendo en mi cara. Ah, pero cuando estaba en casa, leyendo sola, nada perturbaba mi paz. Me encerraba en una burbuja donde nada ni nadie podía tocarme, sí, pero donde también mi extrema timidez no me condicionaba. Incluso, muchas veces las palabras parecían expresar lo que sentía en ese momento. 

En ese sentido, la literatura me proporcionó placer y refugio, dos sensaciones que llevo en mí hasta hoy. Como todo proceso, ese descubrimiento se dio de manera paulatina. Este texto sería más interesante y épico si tuviese un momento eureka, pero no es el caso. Sin embargo, puedo decir quién infundió esa idea de que la lectura no era parte de una materia de la escuela, sino fuente de conocimiento y entretenimiento: mi mamá. 

Mi mamá, que junto a mi papá, me compraron esa colección de libros infantiles y también cuanto libro se me antojaba. Ella, que me acompañó a una feria del libro (como sigue haciendo ahora) y me dijo «¿por qué no te llevás este libro?, cuando estábamos en el stand de Mafalda, y sin querer me introdujo al mundo de terror de R. L. Stine. Además, me contó que, al final de mi lectura podía intercambiarlo por otro, como ella solía hacer. También me presentó a la reina del misterio, Agatha Christie, a quien ella encontró de casualidad, indagando en un ropero viejo. De la misma manera fue con Edgar Allan Poe, a quien estudió en la carrera que, por esas causas misteriosas del universo, ambas decidimos estudiar. 

No obstante, dudo que mi mamá hablándome de diferentes autores (o mi papá comprando todos los ejemplares de la revista Genios, con sus colecciones de libritos de historia y geografía, de los cuales aprendí y pude hablar con él de las guerras mundial o de la ubicación de un país diminuto en Asia), haya intentado crear una especie de hija intelectualoide que debía leer al menos 1000 palabras por día o no comía. Promover la lectura sí puede surgir como un mandato vacío, pero también como una posibilidad de crecer internamente y de nutrir la imaginación. Sensaciones que han sido invocadas cuando, por ejemplo, le pedía a una vecina el carnet de socio de la biblioteca popular para poder leer toda obra escrita por Agatha Christie; sensaciones tan abundantes que hicieron que no dudara al momento de ponerme un primer libro en mis manos; sensaciones que espero invocar con mi escritura; y sensaciones que algún día espero transmitir a mis hijos.

En el día internacional de la mujer trabajadora…

Hoy es el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Circulan muchas versiones del origen, pero Clara Zetkin fue la que propuso que la fecha sea el 8 de marzo, en el II Encuentro Internacional de Mujeres Socialistas de 1910.

Siendo esa la ocasión, me pareció correcto aportar mi granito de arena y hablar del oficio de ser escritora. Hermoso oficio del que nadie te menciona sus contras al ser mujer.

Hace años, leyendo una antología de relatos, me encontré con esta frase de Guillermo Saavedra:

«Las mujeres que escriben en la Argentina podrían decir, parafraseando a Gustav Mahler, son triplemente ignoradas: como escritoras en el mercado, como argentinas en los llamados países centrales y como mujeres en el mundo entero».

Cuando leí eso la realidad me golpeó como un baldazo de agua fría. Me di cuenta, así de rápido, de lo invisibilizadas que estamos las mujeres en la literatura. Estamos a un costadito, en la sección rosa. A nosotras se nos atribuye el mercado de la sensibilidad. Escribimos sobre el amor, las emociones, las flores en la primavera y la brisa del verano. Escribimos poesía o novelas rosas. Mujeres escribiendo literatura «para mujeres.» Sin embargo, los hombres pueden tocar todos los temas habidos y por haber. Hablan del matrimonio, de divorcio, de infidelidad, de violencia, de sexo, de filosofía, de Dios y del más allá. Y en ese caso no hablamos de una literatura dirigida exclusivamente a los hombres. Será que yo siempre leí todo lo que cayó en mis manos, sin diferenciar por género o nacionalidad, que nunca lo pensé.

La nacionalidad era otra cuestión. Me di cuenta entonces que muchos de los referentes de la literatura argentina son hombres. Sé de memoria historias de Borges, Cortázar, Bioy Casares y Sábato. Y está bien, eh. El Túnel siempre me pareció una novela excepcional. Y me encantaba (y encanta) releer relatos de Cortázar. Pero, ¿dónde estaban las mujeres? El mismo libro que estaba leyendo me dio la respuesta. No estaba sola. Estaba Alfonsina Storni, Liliana Bodoc, Silvina Ocampo, Juana Manuela Gorriti, Eduarda Mansilla, Marta Lynch, Beatriz Guido, Angélica Gorodischer, Luisa Futoransky, María Moreno, Matilde Sánchez, Reina Roffé, Cristina Siscar, Susana Silvestre, Alicia Dujovne Ortíz, Noemí Ulla, Ana Basualdo, Liliana García, Inés Fernández Moreno, Graciela Schvartz, Mercedes Roffé, Mirta Botta, Patricia Suárez, Sofía González Bonorino, Andrea Rabih, Cecilia Szperling, Esther Cross, Sara Gallardo, Griselda Gambaro, Sylvia Iparraguirre, Amalia Jamilis, Vlady Kociancich, Tununa Mercado, Elvira Orpheé, Ana María Shua, Luisa Valenzuela y muchas más.

Gracias al internet fui investigando y descubriendo más mujeres que amaban la literatura con la misma pasión que yo. Me fui rodeando de nombres que simbolizaban algo más. Un abrazo, una caricia o una palabra de aliento para llegar a la misma conclusión: no vine a este mundo para complacer los deseos ajenos. Ante la censura, el demérito, el encasillamiento, el machismo, la misoginia y todo el mal de este podrido mundo, tengo la poderosa arma de la escritura. Yo voy a escribir lo que quiera porque así lo quiero. Y si no tengo éxito en la literatura, será por falta de talento, no por mi género.

Notas:
• La antología que mencioné en el texto se llama «Cuentos de escritoras argentinas» y es de la editorial Alfaguara.
• También les invito a leer este interesante (y movilizador) texto de revista Anfibia: http://revistaanfibia.com/ensayo/machismo-y-literatura-el-mercado-de-la-sensibilidad/

Maldad en flor (Parte final)

Poeta

Levantó la vista por última vez. Contempló por unos segundos a su musa. Su musa maniatada, con una cinta en la boca y con un ojo menos. Escribió la última oración del poema y firmó la hoja. Asintió satisfecho.

Quieto

              Entró al depósito a oscuras y se topó con un maniquí. No recordaba haberlo dejado en ese lugar. Lo rodeó, con cuidado de no tirar ninguna caja y encendió la luz para buscar el par de zapatos marca N. en color rojo y en talle número 38. Se agachó frente a un montón de cajas y empezó a rebuscar. El supuesto maniquí se acercó con sigilo.  

Riel

              Miró hacia la izquierda y descubrió con horror que el tren se estaba acercando rápidamente hacia su cabeza y a su cuerpo atado al riel.

Sacacorchos

«Poco hombre», «maricón», «pobre», «bueno para nada», «no sé qué vio mi hija en vos» y «hasta mi nieto de tres años podría descorchar ese vino» fueron las últimas palabras que dijo su suegro antes de que le clavara el sacacorchos en la yugular.

Tajo

              Le hizo un tajo a su madre porque quería saber de qué estaban hechos los humanos.

Uña

«Me quiere», «no me quiere», «me quiere…». No, «no me quiere». Tiró el tallo de la flor al suelo. Se acercó a su mesita de tortura y agarró el alicate.

—No me querés. —Dijo cabizbaja mientras acercaba la herramienta a sus uñas.

Vacío

              Le sonrió por última vez a su mejor amiga antes de arrojarla por el precipicio.

Whiskey

              Chequeó el contenido de la bandeja una última vez antes de llevársela a su esposo. Un vaso de whiskey con unas cuantas gotas de clonazepam para dejarlo inconsciente el tiempo necesario para asesinarlo, el diario de ese día y los lentes de marco de oro. Ahogó una risita y subió las escaleras.

Xilema

Cortó con el bisturí teniendo mucho cuidado, como si se tratara del xilema de una plata. Pero esto no era un xilema y no vio salvia al hacer la incisión. La vena empezó a sangrar rápidamente y a diferencia de las plantas, esta persona maniatada sí estaba sintiendo el dolor.

Yacía

              El cuerpo de su padre yacía en la alfombra con un balazo entre los ojos. Su mamá se reía, sentada en un sillón y con un vaso de whiskey en mano.

Zapato

Se preguntó por qué su compañera tardaba tanto en buscar un simple par de zapatos. Bajó por las escaleras y fue directamente a prender la luz del depósito. Su nombre se quedó atascado en la garganta al verla muerta en el piso y con un zapato rojo incrustado en el ojo.

¡Feliz Halloween!

Maldad en flor (parte III)

Kétchup

              Bajó del auto y corrió bajo la lluvia. Estaba contenta por haberse escapado de su trabajo, al menos un ratito, para poder almorzar con su familia. Su esposa le había dicho que habían pasado (él y su hijo de un año) por un local de comida rápida y que la estaban esperando. Se rio cuando leyó el mensaje de que el pequeñito quería devorar todas las papas fritas. Envió un emoji de un beso y de un auto y caminó hacia el estacionamiento.

              Ahora estaba atravesando la puerta de entrada. Se quitó el piloto y las botas y los dejó tirados allí. Ya habría tiempo para limpiar. Corrió en puntas de pie hasta la cocina para poder sorprenderlos. Cuando vio la escena que la estaba esperando, comenzó a reírse. Su hijo estaba sentado en su sillita con la cara llena de kétchup. Se acercó con una servilleta, todavía riéndose, y se detuvo cuando vio a su esposo en el piso. Estaba inmóvil y con el cuello destrozado. El niño agitó sus brazos, feliz de ver a su madre, y la salpicó con sangre.

Limpiar

              Lloró al escurrir el trapo embebido en desinfectante para pisos y en la sangre de su esposo. Mientras tanto, su hijo comía papas fritas, totalmente ajeno a la escena del crimen que él mismo había generado.

Muerte

              La muerte se paseaba por el hospital. No usaba una capa negra ni cargaba con una hoz. Caminaba por los pasillos vestida de enfermera, con el cabello dorado bajo una cofia, una sonrisa en el rostro y una jeringa en el bolsillo del ambo. ¡Ah! Pero la muerte no dañaba a cualquiera. Solo repartía inyecciones letales a los que osaban levantar una mano a las mujeres y a los niños.  

              «No te hagas atender en el hospital. Nadie sale vivo de ahí», se decía en el pueblo.

Notas

El profesor estaba escribiendo la fórmula resolvente en el pizarrón. Se levantó abruptamente de su pupitre. No podía tolerarlo más. No era nada personal. En realidad, le gustaba matemática. Pero ya no podía esperar más. Sacó el revolver de la mochila y sus compañeros ahogaron un grito. Se paró delante de todos y le disparó en la rodilla a su profesor cuando intentó escaparse. Le dio un balazo al chico que lo golpeaba durante todos los recreos. Le apuntó a su mejor amigo y le perforó un ojo. La sangre de ambos salpicó a la chica que le gustaba. Vio las lágrimas corriendo por sus mejillas y no pudo más. Se quebró. Puso el revolver en su boca y…

—¡Hey! —Lo despertó la chica de su sanguinario sueño—. ¿Estás bien?

—S… sí. Sí, estoy bien. —Se refregó los ojos—. ¿Necesitabas algo?

—Sí, te iba a pedir prestadas tus notas de matemática… Si no tenés problema.

Obra

              El elenco no tenía manera de saber que la autora iba a encerrarlos en el teatro rociado de combustible e iba a encender un cigarrillo durante el ensayo. No sabían que esa obra estaba maldita y por eso tenía que arder en llamas. Cosas de escritores.

Maldad en flor (Parte II)

Fea

Estuvo vigilándola toda la tarde. Pero encontró su oportunidad cuando la vio levantarse de su silla para ir al baño. Se puso los lentes de sol y la siguió. Esperó a que entrara a un cubículo y después de asegurarse de que estuvieran solas, cerró la entrada con llave. Se acercó con sigilo y le pegó una patada a su puerta con todas sus fuerzas. La débil traba terminó de romperse y dejó al descubierto a su víctima. Estaba arrinconada y desnuda. Su ropa se había caído al piso y se estaba manchando con barro. Sacó el cuchillo de su pantalón, el que había afilado minuciosamente por meses, y sonrió cuando notó un hilo amarillo recorriendo la pierna de la otra.

A los cinco minutos salió del baño, dejando desfigurada a la excompañera de colegio que por años le dijo que era fea.

Guante

Todavía recuerdo esa tarde. La recuerdo como si hubiese sido ayer. Estaba en el colectivo, volviendo del colegio. Mi mamá siempre me decía que no hablara con desconocidos, pero la curiosidad me estaba volviendo loca. Era de satén, largo hasta el codo y de color rojo intenso. Se balanceaba frente a mis ojos como si tratara de hipnotizarme. Sin embargo, lo que más me llamaba la atención es que la mujer solo tenía uno. Su otro brazo estaba desnudo. Pensé que estaría ocultando algo. Me acerqué tímidamente y le pregunté por qué usaba uno solo. Me sonrió y se sacó lentamente el guante.

Lo que vi me sigue causando pesadillas.

Harapo

Caminó hacia el contenedor con enojo. Todos se habían olvidado de sacar la basura. Otra vez. Todos los días pasaba lo mismo y ya estaba cansada. Abrió la puerta del contenedor y cuando estaba por arrojar sus bolsas notó que no había espacio. Estaba hasta el tope de envoltorios de comida y de harapos. Suspiró e intentó hacer espacio con sus bolsas. Pero dejó de presionar al escuchar un extraño ruido. Dejó su basura en el piso y sacó un pañuelo descartable del bolsillo. Con mucho asco removió entre los residuos hasta encontrarse con un ojo humano.

Incorporarse

Tenía un sabor a óxido en la boca. Se llevó una mano a la cara y vio sangre al quitarla. Sentía mucho dolor en el cuerpo, especialmente en la rodilla. No quiso detenerse en ella. Un simple vistazo le había asegurado que era una fractura expuesta. Pensó en arrastrarse hacia la banquina, pero no tenía fuerzas. De repente, interrumpiendo sus pensamientos, dos luces se encendieron a unos metros de él. El auto aceleró con toda velocidad y lo volvió a arrollar. Ni siquiera tuvo tiempo para incorporarse y mirar el rostro de su asesino.

Jarrón

Pasaba mañanas enteras en el jardín. Llenarme las manos de tierra, oler las flores que nacían y buscar nuevas semillas para plantar eran tareas que lograban desconectarme de la realidad que vivía. Por eso, cuando mi esposo llegó para reclamarme quién era el chico del herbolario con el que me hablaba, yo no me inmuté. Le dije que era eso. Un empleado del lugar. Me dijo puta mentirosa. Su apodo favorito para mí. No intenté calmarlo. Dejé que reaccionara, pero cuando vi que agarraba el terrario en el que había puesto tanto esfuerzo y lo arrojaba contra el suelo, mi mundo se derrumbó. El jarrón se hizo añicos. Poseída por una fuerza que nunca había sentido, agarré las tijeras de podar.

E hice abono con mi media naranja.

Maldad en flor (Parte I)

En el hemisferio sur no tenemos disfraces, calabazas malvadas, dulce o travesura y todas esas cosas que caracterizan al mes de octubre. Pero seguimos teniendo muchos microrrelatos de terror para celebrar Halloween.

Sentate bajo el sol de primavera y dejate asustar.

Ahogar

Guardó la esponja en forma de estrella en el canasto junto al jabón de glicerina y el shampoo con aroma a «dulces sueños». Movió las toallas celestes del inodoro y se sentó sobre la tapa. Rebuscó en el bolsillo trasero de su pantalón. Sacó un cigarrillo y lo encendió. Fumó mientras escuchaba los pasos acercándose al baño. Ignoró los golpes contra la puerta y los gritos en crescendo. Cuando la llave de repuesto fue encontrada, su madre finalmente entró para desmayarse al ver el pequeño cuerpo que flotaba en la bañera.

Broncear

La idea de ir a un centro de estética y meterse en una cama solar no le atraía mucho. Pero su mejor amiga insistió hasta que aceptó. «Día de chicas en el spa», exclamó mientras reservaba un turno. Y allí se encontraba. Estaba estática frente a la puerta que rezaba «sala de bronceado». Había un sticker en forma de sol que se estaba despegando. Lo pegó y tomó coraje para entrar. Adentro la estaba esperando su amiga. Le indicó sonriente todos los pasos a seguir. Se metió en la cama en bikini por pudor a desnudarse completamente. Cerró los ojos y se concentró en el murmullo de la máquina, sin sospechar que quien decía ser su mejor amiga estaba trabando su cama y subiendo la temperatura.

Casualidad

Cruzando la salida del spa, se chocó con la mamá de su mejor amiga. Esa mejor amiga que se estaba quemando lentamente en la cama solar. Se abrazaron mientras pensaba una excusa para sacarla de ahí. Le preguntó qué se iba a hacer. «Una limpieza facial completa», le respondió. «Espero que hayas traído dinero, porque se les acaba de romper el postnet». La cara de la mujer se transformó. Bingo, pensó. «No, no traje ni un billete». Miró hacia la calle. «Encima Antonio ya se fue». Le mostró sus llaves. «Justo estaba por ir al cajero automático. Te llevo». Le agradeció repetidas veces, le dijo que era un amor y se rieron de cómo iba a quedar su hija luego de la sesión de bronceado.

Desayuno

Estaba en la planta baja, pero de todas maneras se podía apreciar las quejas de la hija menor de la casa. Estaba gritándole a su madre que esa mucama de mierda le había robado su camisa blanca de la suerte. El cocinero la miró y se llevó un dedo a la cabeza. Se rieron del gesto. El hombre se fue de la habitación y sacó un frasquito de su delantal. Puso unas gotitas en el té y sonrió. Su sonrisa fue reflejada en la bandeja de plata. Con mucha gracia, la mucama de mierda llevó el desayuno a su «jefa» que ignoraba que ella podía entender el inglés a la perfección.

Espuma

La espuma en el boliche disimulaba los besos de los aburridos infieles, los pasos de bailes vergonzosos, los llantos por los exes y el cadáver que estaba sentado en un sillón, con un vaso de vodka en mano y una mueca de horror en la boca.

Canción de cuna (corto de terror)

«Canción de cuna» es un relato que forma parte de mi libro «Todos los monstruos son humanos», publicado en 2015. Esta historia fue escrita cuando tenía dieciséis años y por supuesto que mi estilo narrativo ha evolucionado a lo que hago ahora con veintidós años. Por lo tanto, no sé si es lo mejor que escribí. Pero esta es una manera de amigarme con el pasado, porque también forma parte de mí.

Esta adaptación fue creada más que nada para entretenerme, ya que no soy una experta en lo audiovisual. Espero que lo disfruten como yo. Gracias por leerme hasta acá.

«Nada bueno puede salir de esta ciudad»

Desde que publiqué mi libro, allá en 2015, transité un camino que, como todo, estuvo (y está, porque no se termina) lleno de buenas y de malas experiencias. Hoy quiero hablar de una que fue muy agradable y emotiva, pero con un toquecito amargo que fue el motivo por el cual estoy escribiendo este texto.


Hace un tiempo, unos dos años diría, un curso de una escuela de la ciudad trabajó con mi libro en el área de Lengua y Literatura. Tenía nervios porque, al haber estado del otro lado, el de estudiante, sé que los chicos de secundarios no siempre están interesados en la lectura. Pero, por suerte, todo el miedo que tenía fue reemplazado con pura emoción cuando me encontré con: una gigantografía de la portada del libro, dos libros con las actividades que habían realizado (como escribir finales alternativos), fotos de los chicos caracterizados como los personajes y mucho más. Pensé en la cantidad de tiempo, energía e incluso dinero que había gastado en hacer todo eso. Admito que terminé largando un par de lágrimas. Me abrumaba mucho la idea de que ese grupo de alumnos se había entusiasmado tanto con algo que había creado yo. Fue una experiencia enriquecedora, por toda esa creatividad con la que me encontré y también muy emotiva.

Se esmeraron mucho al recrear los relatos.

Pero, como era esperable, me encontré con otra situación no tan simpática. Por ejemplo, me enteré de que una persona fue a la librería y estaba muy disgustada porque tenía que comprar mi libro. Ante el enojo, le preguntaron por qué no quería comprarlo. «Porque es malo», respondió. «¿Pero lo leíste?», le dijeron. «No». Contestó. «Pero la que lo escribió es de Villa. Y nada bueno puede salir de esta ciudad».    

Al principio me indigné un poco, no lo voy a negar, y no porque no acepte que no guste lo que hago, sino por lo prejuicioso que era ese comentario. Después me reí y lo dejé pasar. Sin embargo, en este último tiempo (y le vamos a echar la culpa a la pandemia, la cuarentena y el tiempo de sobra que hay para pensar demasiado), volvieron a mi mente y me terminé dando cuenta de algo bastante feo: todos los que vivimos en esta ciudad pensamos de esa manera.

De manera consciente o inconsciente, no creemos que la persona que tenemos a nuestro lado pueda lograr algo grande. Y eso que son muchos los artistas que habitan la ciudad: están los que tocan un instrumento, los que pintan, los que escriben, los que sacan fotos, los que actúan y mucho más. Ah, pero no sé si alguno de esos puede ser el próximo, no sé, Spinetta. (Aunque me parece una reverenda estupidez decir que alguien es «el próximo fulano», porque, aunque suene trillado, somos personas irrepetibles. Yo quiero ser yo, no alguien más.)

Ves a esa banda tocando en el CarriRen, seguís el ritmo de sus canciones con el pie, los aplaudís y aportás algunos billetes para la gorra. Escuchás el poema de una chica, te sentís un poco identificado con lo que dice y volvés a aplaudir. Mirás a otro chico pintando un mural, te gusta la combinación de colores, aunque no entiendas un carajo de arte, y le comentás que «che, está bueno lo que hace.» Estás en lo de la Tana, en el CarriRen, en Praga, en Radegast, en Muy Rico, en la Posada de los muertos, en Don Pietro o cual sea tu lugar favorito y tenés arte a tu alrededor.

Estás pasando historias en Instagram y ves que un conocido subió un video cantando. Mirás un par de segundos y seguís de largo. O estás en Facebook, dando me gusta a memes y te encontrás con el link a un video de YouTube. Es la nueva canción de ese conocido que te solés cruzar en tal lugar. Pensás «qué bueno» y seguís de largo prometiéndote que después lo escuchás. Te olvidás y no lo escuchás. Estás en Instagram, en Twitter, en Facebook, en TikTok o cual sea tu red social favorita y también tenés arte a tu alrededor.

Pero no es nuestra culpa. Y tampoco sé si hay alguien en particular para culpar. Lamentablemente en nuestra ciudad los artistas no tenemos mucha cabida. De esa manera todos terminamos deseando subirnos al primer Chapuy con una valija y mandarnos a mudar a Rosario. O más lejos si es posible.

Entonces, ¿qué es lo que nos queda? ¿La resignación?

Yo creo que no. En mi caso, me quedo con la gente que, de alguna manera, fue tocada por lo que hice con estas dos manitos que se la pasan golpeando teclas. Mientras haya al menos una persona que lea lo que tengo para expresar, voy a estar bien. El futuro es bastante incierto. No sé dónde voy a estar dentro de un par de años, pero lo que sí sé es que voy a estar escribiendo. Como siempre.

Así que hagan arte, siempre.

El éxito es pasajero, el arte es eterno.