Cierra los ojos y no puede imaginar si de noche o de día será. Está demasiado compenetrada sintiendo todas sus emociones a flor de piel. Cómo hizo para entrar en la casa y cómo ella no oyó sus pasos en el pasillo, son preguntas que repentinamente cruzan por su mente, pero pierde la concentración cuando siente el roce de sus labios en las clavículas. Se siente eléctrica, con el corazón palpitando como si fuese una bomba de tiempo. Cuánto esperó por este momento y una vez que los besos ascienden hasta su cuello el mundo deja de existir, sin hablar metafóricamente, ya que los colmillos se clavan en su carótida, succionando la sangre como si fuese una abeja rondando en una bella flor. Cuando termina, saca de un bolsillo un pañuelo con el cual se limpia delicadamente la boca y se retira de la habitación sin dar una mirada hacia atrás para contemplar a la flor que se marchita entre las sábanas manchadas de rojo, con los ojos cegados de amor por su cruel asesino.
Lucía Cherri (2016)