Estoy en la sala de espera del consultorio de mi ginecóloga. Todos los años vengo para hacerme estudios de control y asegurarme de que todo esté bien. También debería hacerlo con el oftalmólogo, porque me está doliendo bastante la cabeza al forzar la vista. O con el dentista, pero a esos profesionales de la salud les tengo miedo desde que tengo memoria.
Hace exactamente un año atrás, estaba sentada en el mismo lugar. No lo planeé, de manera inconsciente me terminé sentando en el mismo asiento. Hoy llueve y me alegro de vivir más cerca del sanatorio. El año pasado diluviaba y estaba sufriendo por los horarios del colectivo, el saldo en la tarjeta sube y por tener que correr a la parada sin pisar una baldosa floja y ensuciarme o caerme de bruces y romperme la nariz. Pensaba en todo eso porque parecía ser un día ajetreado para mi doctora y estaba tardando en atender a sus pacientes. Entonces saqué mi celular de la mochila y en vez de revisar mis redes sociales, como suelo hacer cuando estoy aburrida, decidí abrir el lector de PDF de Adobe y continuar con una lectura pendiente. No recuerdo con exactitud qué libro era. Quizás eso habla del poco impacto que tuvo en mí. Sí recuerdo que trataba de un asesinato y que la trama era bastante tremebunda, como sucede en la mayoría de los libros que suelo leer. Mientras tanto, la gente iba y venía en el sanatorio. La pobre secretaria estaba trabajando a la velocidad de la luz, intentando satisfacer a todos los que se acercaban a su mostrador. Pero la fila para ser atendido era cada vez más larga. Cerca de diez personas estaban moviendo el cuerpo con impaciencia o chequeando la hora compulsivamente. Yo me arrepentía de no haber traído los lentes para leer nítidamente las pequeñas letras del PDF, cuando escuché una conversación al azar. No porque quisiera, sino que la fila se había hecho tan larga que tenía gente parada frente a mí. Un hombre —de aproximadamente sesenta años— saludaba a una chica más joven que él. En un principio, se hicieron las preguntas banales de siempre: «¿Cómo estás?», «¿Cómo anda tu familia?» y «¿Mejorará el clima?». Después la charla se desvió de tema. Hacia mí. Al principio no comprendí a qué se estaba refiriendo ese señor totalmente desconocido para mí. Luego me di cuenta, con resignación, de que se estaba quejando del uso de celulares por parte de los jóvenes. «Mirá, siempre están así, esclavos de una pantalla», dijo al señalarme con el brazo. Consideré decirle a ese hombre totalmente fuera de lugar que 1) se meta en sus propios asuntos y 2) que no estaba paveando con el celular, estaba leyendo un libro. Pero me arrepentí. Lo miré con cara de poca simpatía, puse los ojos en blanco y seguí con mi lectura. No sé qué le contestó su interlocutora porque dejé de prestar atención.
No lo mandé a callar por muchas cuestiones. Primera cuestión, no le debo explicaciones a nadie sobre lo que estoy haciendo o no. Muchos menos a un señor random de una sala de espera. Segunda cuestión, se notaba a leguas que era uno de esos renegados de la tecnología, que probablemente años atrás también se quejaba de la esclavitud frente al televisor —«la caja boba»— o ante la computadora. Tercera cuestión, estaba leyendo un libro. En mi opinión, haciendo un uso productivo de la tecnología. Pero existe un prejuicio, todavía latente, con los adolescentes y los celulares (aunque muchas veces mis abuelos, gente mayor, se han quedado totalmente hipnotizados con esa pantallita estando en reuniones familiares). Usar el celular, para algunos, tiene que significar exclusivamente revisar las redes sociales. Cuando en realidad esa es una de las pocas funciones que tenemos con el acceso a internet. Ingresando justamente a esas redes, nos podemos comunicar con personas que hace años que no vemos, podemos entablar conversaciones con desconocidos que luego se convierten en amigos o dialogar con un extranjero con el único fin de practicar un idioma en particular. Podemos descargar libros, música, películas y juegos de cualquier parte del mundo. Los juegos pueden ser como los Sims —aquí una fanática irremediable—, cuya única función es entretener. Pero también existen sudokus, crucigramas u otro tipo de juegos que permiten que usemos nuestra mente. Existen aplicaciones que te ayudan con la gramática española, con ejercicios de matemática o que directamente te guían para aprender un nuevo idioma desde cero. Podés también enterarte de lo que está sucediendo al otro lado del mundo, ya sea la noticia de tal cantante que sacó tal álbum o que un país del Oriente está siendo invadido por uno imperialista con el fin de explotar sus recursos. El internet es un mar de posibilidades. Su impacto puede ser positivo o negativo dependiendo del uso que se haga. Y eso deriva en la quinta y última cuestión de esta situación. Escribí un par de líneas arriba que estaba leyendo en ese momento, por lo tanto, estaba haciendo un uso productivo de la tecnología. Pero hay que tener en cuenta que leer no te hace mejor persona. Podés haber leído más de cien libros, podés tener varias certificaciones o títulos académicos y podés tener mejor dicción o redacción que la mayoría de la población, pero nada va a cambiar lo que está dentro tuyo. Los valores que te digan qué está bien y qué está mal, y que, como una lucecita roja y titilante, te indiquen que está mal prejuzgar a una persona. Menos si no la conocés y mucho menos por estar aburrido en una sala de espera.