Hace un tiempo, unos dos años diría, un curso de una escuela de la ciudad trabajó con mi libro en el área de Lengua y Literatura. Tenía nervios porque, al haber estado del otro lado, el de estudiante, sé que los chicos de secundarios no siempre están interesados en la lectura. Pero, por suerte, todo el miedo que tenía fue reemplazado con pura emoción cuando me encontré con: una gigantografía de la portada del libro, dos libros con las actividades que habían realizado (como escribir finales alternativos), fotos de los chicos caracterizados como los personajes y mucho más. Pensé en la cantidad de tiempo, energía e incluso dinero que había gastado en hacer todo eso. Admito que terminé largando un par de lágrimas. Me abrumaba mucho la idea de que ese grupo de alumnos se había entusiasmado tanto con algo que había creado yo. Fue una experiencia enriquecedora, por toda esa creatividad con la que me encontré y también muy emotiva.

Pero, como era esperable, me encontré con otra situación no tan simpática. Por ejemplo, me enteré de que una persona fue a la librería y estaba muy disgustada porque tenía que comprar mi libro. Ante el enojo, le preguntaron por qué no quería comprarlo. «Porque es malo», respondió. «¿Pero lo leíste?», le dijeron. «No». Contestó. «Pero la que lo escribió es de Villa. Y nada bueno puede salir de esta ciudad».
Al principio me indigné un poco, no lo voy a negar, y no porque no acepte que no guste lo que hago, sino por lo prejuicioso que era ese comentario. Después me reí y lo dejé pasar. Sin embargo, en este último tiempo (y le vamos a echar la culpa a la pandemia, la cuarentena y el tiempo de sobra que hay para pensar demasiado), volvieron a mi mente y me terminé dando cuenta de algo bastante feo: todos los que vivimos en esta ciudad pensamos de esa manera.
De manera consciente o inconsciente, no creemos que la persona que tenemos a nuestro lado pueda lograr algo grande. Y eso que son muchos los artistas que habitan la ciudad: están los que tocan un instrumento, los que pintan, los que escriben, los que sacan fotos, los que actúan y mucho más. Ah, pero no sé si alguno de esos puede ser el próximo, no sé, Spinetta. (Aunque me parece una reverenda estupidez decir que alguien es «el próximo fulano», porque, aunque suene trillado, somos personas irrepetibles. Yo quiero ser yo, no alguien más.)
Ves a esa banda tocando en el CarriRen, seguís el ritmo de sus canciones con el pie, los aplaudís y aportás algunos billetes para la gorra. Escuchás el poema de una chica, te sentís un poco identificado con lo que dice y volvés a aplaudir. Mirás a otro chico pintando un mural, te gusta la combinación de colores, aunque no entiendas un carajo de arte, y le comentás que «che, está bueno lo que hace.» Estás en lo de la Tana, en el CarriRen, en Praga, en Radegast, en Muy Rico, en la Posada de los muertos, en Don Pietro o cual sea tu lugar favorito y tenés arte a tu alrededor.
Estás pasando historias en Instagram y ves que un conocido subió un video cantando. Mirás un par de segundos y seguís de largo. O estás en Facebook, dando me gusta a memes y te encontrás con el link a un video de YouTube. Es la nueva canción de ese conocido que te solés cruzar en tal lugar. Pensás «qué bueno» y seguís de largo prometiéndote que después lo escuchás. Te olvidás y no lo escuchás. Estás en Instagram, en Twitter, en Facebook, en TikTok o cual sea tu red social favorita y también tenés arte a tu alrededor.
Pero no es nuestra culpa. Y tampoco sé si hay alguien en particular para culpar. Lamentablemente en nuestra ciudad los artistas no tenemos mucha cabida. De esa manera todos terminamos deseando subirnos al primer Chapuy con una valija y mandarnos a mudar a Rosario. O más lejos si es posible.
Entonces, ¿qué es lo que nos queda? ¿La resignación?
Yo creo que no. En mi caso, me quedo con la gente que, de alguna manera, fue tocada por lo que hice con estas dos manitos que se la pasan golpeando teclas. Mientras haya al menos una persona que lea lo que tengo para expresar, voy a estar bien. El futuro es bastante incierto. No sé dónde voy a estar dentro de un par de años, pero lo que sí sé es que voy a estar escribiendo. Como siempre.
Así que hagan arte, siempre.
El éxito es pasajero, el arte es eterno.