Maldad en flor (Parte II)

Fea

Estuvo vigilándola toda la tarde. Pero encontró su oportunidad cuando la vio levantarse de su silla para ir al baño. Se puso los lentes de sol y la siguió. Esperó a que entrara a un cubículo y después de asegurarse de que estuvieran solas, cerró la entrada con llave. Se acercó con sigilo y le pegó una patada a su puerta con todas sus fuerzas. La débil traba terminó de romperse y dejó al descubierto a su víctima. Estaba arrinconada y desnuda. Su ropa se había caído al piso y se estaba manchando con barro. Sacó el cuchillo de su pantalón, el que había afilado minuciosamente por meses, y sonrió cuando notó un hilo amarillo recorriendo la pierna de la otra.

A los cinco minutos salió del baño, dejando desfigurada a la excompañera de colegio que por años le dijo que era fea.

Guante

Todavía recuerdo esa tarde. La recuerdo como si hubiese sido ayer. Estaba en el colectivo, volviendo del colegio. Mi mamá siempre me decía que no hablara con desconocidos, pero la curiosidad me estaba volviendo loca. Era de satén, largo hasta el codo y de color rojo intenso. Se balanceaba frente a mis ojos como si tratara de hipnotizarme. Sin embargo, lo que más me llamaba la atención es que la mujer solo tenía uno. Su otro brazo estaba desnudo. Pensé que estaría ocultando algo. Me acerqué tímidamente y le pregunté por qué usaba uno solo. Me sonrió y se sacó lentamente el guante.

Lo que vi me sigue causando pesadillas.

Harapo

Caminó hacia el contenedor con enojo. Todos se habían olvidado de sacar la basura. Otra vez. Todos los días pasaba lo mismo y ya estaba cansada. Abrió la puerta del contenedor y cuando estaba por arrojar sus bolsas notó que no había espacio. Estaba hasta el tope de envoltorios de comida y de harapos. Suspiró e intentó hacer espacio con sus bolsas. Pero dejó de presionar al escuchar un extraño ruido. Dejó su basura en el piso y sacó un pañuelo descartable del bolsillo. Con mucho asco removió entre los residuos hasta encontrarse con un ojo humano.

Incorporarse

Tenía un sabor a óxido en la boca. Se llevó una mano a la cara y vio sangre al quitarla. Sentía mucho dolor en el cuerpo, especialmente en la rodilla. No quiso detenerse en ella. Un simple vistazo le había asegurado que era una fractura expuesta. Pensó en arrastrarse hacia la banquina, pero no tenía fuerzas. De repente, interrumpiendo sus pensamientos, dos luces se encendieron a unos metros de él. El auto aceleró con toda velocidad y lo volvió a arrollar. Ni siquiera tuvo tiempo para incorporarse y mirar el rostro de su asesino.

Jarrón

Pasaba mañanas enteras en el jardín. Llenarme las manos de tierra, oler las flores que nacían y buscar nuevas semillas para plantar eran tareas que lograban desconectarme de la realidad que vivía. Por eso, cuando mi esposo llegó para reclamarme quién era el chico del herbolario con el que me hablaba, yo no me inmuté. Le dije que era eso. Un empleado del lugar. Me dijo puta mentirosa. Su apodo favorito para mí. No intenté calmarlo. Dejé que reaccionara, pero cuando vi que agarraba el terrario en el que había puesto tanto esfuerzo y lo arrojaba contra el suelo, mi mundo se derrumbó. El jarrón se hizo añicos. Poseída por una fuerza que nunca había sentido, agarré las tijeras de podar.

E hice abono con mi media naranja.

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