Kétchup
Bajó del auto y corrió bajo la lluvia. Estaba contenta por haberse escapado de su trabajo, al menos un ratito, para poder almorzar con su familia. Su esposa le había dicho que habían pasado (él y su hijo de un año) por un local de comida rápida y que la estaban esperando. Se rio cuando leyó el mensaje de que el pequeñito quería devorar todas las papas fritas. Envió un emoji de un beso y de un auto y caminó hacia el estacionamiento.
Ahora estaba atravesando la puerta de entrada. Se quitó el piloto y las botas y los dejó tirados allí. Ya habría tiempo para limpiar. Corrió en puntas de pie hasta la cocina para poder sorprenderlos. Cuando vio la escena que la estaba esperando, comenzó a reírse. Su hijo estaba sentado en su sillita con la cara llena de kétchup. Se acercó con una servilleta, todavía riéndose, y se detuvo cuando vio a su esposo en el piso. Estaba inmóvil y con el cuello destrozado. El niño agitó sus brazos, feliz de ver a su madre, y la salpicó con sangre.
Limpiar
Lloró al escurrir el trapo embebido en desinfectante para pisos y en la sangre de su esposo. Mientras tanto, su hijo comía papas fritas, totalmente ajeno a la escena del crimen que él mismo había generado.
Muerte
La muerte se paseaba por el hospital. No usaba una capa negra ni cargaba con una hoz. Caminaba por los pasillos vestida de enfermera, con el cabello dorado bajo una cofia, una sonrisa en el rostro y una jeringa en el bolsillo del ambo. ¡Ah! Pero la muerte no dañaba a cualquiera. Solo repartía inyecciones letales a los que osaban levantar una mano a las mujeres y a los niños.
«No te hagas atender en el hospital. Nadie sale vivo de ahí», se decía en el pueblo.
Notas
El profesor estaba escribiendo la fórmula resolvente en el pizarrón. Se levantó abruptamente de su pupitre. No podía tolerarlo más. No era nada personal. En realidad, le gustaba matemática. Pero ya no podía esperar más. Sacó el revolver de la mochila y sus compañeros ahogaron un grito. Se paró delante de todos y le disparó en la rodilla a su profesor cuando intentó escaparse. Le dio un balazo al chico que lo golpeaba durante todos los recreos. Le apuntó a su mejor amigo y le perforó un ojo. La sangre de ambos salpicó a la chica que le gustaba. Vio las lágrimas corriendo por sus mejillas y no pudo más. Se quebró. Puso el revolver en su boca y…
—¡Hey! —Lo despertó la chica de su sanguinario sueño—. ¿Estás bien?
—S… sí. Sí, estoy bien. —Se refregó los ojos—. ¿Necesitabas algo?
—Sí, te iba a pedir prestadas tus notas de matemática… Si no tenés problema.
Obra
El elenco no tenía manera de saber que la autora iba a encerrarlos en el teatro rociado de combustible e iba a encender un cigarrillo durante el ensayo. No sabían que esa obra estaba maldita y por eso tenía que arder en llamas. Cosas de escritores.