Cuando algo está presente a lo largo de toda tu vida, no lo cuestionás. Para mí, recorrer los lomos de mi colección de libros infantiles y elegir qué historia me iba a acompañar a la hora de dormir era algo tan natural como tomar un vaso de agua. Prender el velador, acurrucarme entre las sábanas y devorar palabra tras palabra era mi rutina nocturna. Sin embargo, al ir al otro día a la escuela me daba cuenta de que no todo el mundo hacía lo mismo. En algún momento, al ser adolescente, sí me subí a un pedestal moral construido con clásicos, donde me dedicaba a juzgar a quien no leía. Cuando era chiquita solo me preguntaba por qué yo sí y el resto no. Me daba curiosidad. ¿No les gustaba embarcarse en aventuras con sirenas que querían asesinar por amor, bailar en castillos hasta que los pies hiervan o ser hipnotizados por la melodía del flautista de Hamelin? Lo bueno de leer historias tremebundas era que si me asustaba demasiado, siempre tenía la opción de cerrar el libro de golpe.
Resulta que no, no era un hábito para todos. Parecía que la lectura para muchos era una actividad tediosa cuyo ejercicio se limitaba a las paredes de la escuela. Yo siempre quería ir más allá de eso. Eran varios factores. Por un lado, me movilizaba el hambre voraz por conocimiento, como cuando buscaba palabras nuevas en una enciclopedia gigante para anotarlas en una libreta, con su respectivo significado, porque sí. También la curiosidad, como la vez que leí el fragmento de una novela en el libro de Lengua y me resultó tan interesante que pedí que me compraran la novela, aunque nunca llegamos a dar el capítulo del cuento policial en clase. Era «Octubre, un crimen», de Norma Huidobro. Yo también quería encontrar cartas misteriosas bajo el ruedo de un vestido y resolver un caso.
Por otro lado, la lectura era una manera de armar una coraza a mi alrededor. Cuando leía frente a toda la clase me ponía colorada hasta el punto de sentir las mejillas arder. Una situación que no mejoraba cuando algún burlón hacía un comentario, el típico «se puso colorada», estirando la última «a», como si yo fuera incapaz de sentir la sangre hirviendo en mi cara. Ah, pero cuando estaba en casa, leyendo sola, nada perturbaba mi paz. Me encerraba en una burbuja donde nada ni nadie podía tocarme, sí, pero donde también mi extrema timidez no me condicionaba. Incluso, muchas veces las palabras parecían expresar lo que sentía en ese momento.
En ese sentido, la literatura me proporcionó placer y refugio, dos sensaciones que llevo en mí hasta hoy. Como todo proceso, ese descubrimiento se dio de manera paulatina. Este texto sería más interesante y épico si tuviese un momento eureka, pero no es el caso. Sin embargo, puedo decir quién infundió esa idea de que la lectura no era parte de una materia de la escuela, sino fuente de conocimiento y entretenimiento: mi mamá.
Mi mamá, que junto a mi papá, me compraron esa colección de libros infantiles y también cuanto libro se me antojaba. Ella, que me acompañó a una feria del libro (como sigue haciendo ahora) y me dijo «¿por qué no te llevás este libro?, cuando estábamos en el stand de Mafalda, y sin querer me introdujo al mundo de terror de R. L. Stine. Además, me contó que, al final de mi lectura podía intercambiarlo por otro, como ella solía hacer. También me presentó a la reina del misterio, Agatha Christie, a quien ella encontró de casualidad, indagando en un ropero viejo. De la misma manera fue con Edgar Allan Poe, a quien estudió en la carrera que, por esas causas misteriosas del universo, ambas decidimos estudiar.
No obstante, dudo que mi mamá hablándome de diferentes autores (o mi papá comprando todos los ejemplares de la revista Genios, con sus colecciones de libritos de historia y geografía, de los cuales aprendí y pude hablar con él de las guerras mundial o de la ubicación de un país diminuto en Asia), haya intentado crear una especie de hija intelectualoide que debía leer al menos 1000 palabras por día o no comía. Promover la lectura sí puede surgir como un mandato vacío, pero también como una posibilidad de crecer internamente y de nutrir la imaginación. Sensaciones que han sido invocadas cuando, por ejemplo, le pedía a una vecina el carnet de socio de la biblioteca popular para poder leer toda obra escrita por Agatha Christie; sensaciones tan abundantes que hicieron que no dudara al momento de ponerme un primer libro en mis manos; sensaciones que espero invocar con mi escritura; y sensaciones que algún día espero transmitir a mis hijos.