Maldad en flor (Parte final)

Poeta

Levantó la vista por última vez. Contempló por unos segundos a su musa. Su musa maniatada, con una cinta en la boca y con un ojo menos. Escribió la última oración del poema y firmó la hoja. Asintió satisfecho.

Quieto

              Entró al depósito a oscuras y se topó con un maniquí. No recordaba haberlo dejado en ese lugar. Lo rodeó, con cuidado de no tirar ninguna caja y encendió la luz para buscar el par de zapatos marca N. en color rojo y en talle número 38. Se agachó frente a un montón de cajas y empezó a rebuscar. El supuesto maniquí se acercó con sigilo.  

Riel

              Miró hacia la izquierda y descubrió con horror que el tren se estaba acercando rápidamente hacia su cabeza y a su cuerpo atado al riel.

Sacacorchos

«Poco hombre», «maricón», «pobre», «bueno para nada», «no sé qué vio mi hija en vos» y «hasta mi nieto de tres años podría descorchar ese vino» fueron las últimas palabras que dijo su suegro antes de que le clavara el sacacorchos en la yugular.

Tajo

              Le hizo un tajo a su madre porque quería saber de qué estaban hechos los humanos.

Uña

«Me quiere», «no me quiere», «me quiere…». No, «no me quiere». Tiró el tallo de la flor al suelo. Se acercó a su mesita de tortura y agarró el alicate.

—No me querés. —Dijo cabizbaja mientras acercaba la herramienta a sus uñas.

Vacío

              Le sonrió por última vez a su mejor amiga antes de arrojarla por el precipicio.

Whiskey

              Chequeó el contenido de la bandeja una última vez antes de llevársela a su esposo. Un vaso de whiskey con unas cuantas gotas de clonazepam para dejarlo inconsciente el tiempo necesario para asesinarlo, el diario de ese día y los lentes de marco de oro. Ahogó una risita y subió las escaleras.

Xilema

Cortó con el bisturí teniendo mucho cuidado, como si se tratara del xilema de una plata. Pero esto no era un xilema y no vio salvia al hacer la incisión. La vena empezó a sangrar rápidamente y a diferencia de las plantas, esta persona maniatada sí estaba sintiendo el dolor.

Yacía

              El cuerpo de su padre yacía en la alfombra con un balazo entre los ojos. Su mamá se reía, sentada en un sillón y con un vaso de whiskey en mano.

Zapato

Se preguntó por qué su compañera tardaba tanto en buscar un simple par de zapatos. Bajó por las escaleras y fue directamente a prender la luz del depósito. Su nombre se quedó atascado en la garganta al verla muerta en el piso y con un zapato rojo incrustado en el ojo.

¡Feliz Halloween!

Maldad en flor (parte III)

Kétchup

              Bajó del auto y corrió bajo la lluvia. Estaba contenta por haberse escapado de su trabajo, al menos un ratito, para poder almorzar con su familia. Su esposa le había dicho que habían pasado (él y su hijo de un año) por un local de comida rápida y que la estaban esperando. Se rio cuando leyó el mensaje de que el pequeñito quería devorar todas las papas fritas. Envió un emoji de un beso y de un auto y caminó hacia el estacionamiento.

              Ahora estaba atravesando la puerta de entrada. Se quitó el piloto y las botas y los dejó tirados allí. Ya habría tiempo para limpiar. Corrió en puntas de pie hasta la cocina para poder sorprenderlos. Cuando vio la escena que la estaba esperando, comenzó a reírse. Su hijo estaba sentado en su sillita con la cara llena de kétchup. Se acercó con una servilleta, todavía riéndose, y se detuvo cuando vio a su esposo en el piso. Estaba inmóvil y con el cuello destrozado. El niño agitó sus brazos, feliz de ver a su madre, y la salpicó con sangre.

Limpiar

              Lloró al escurrir el trapo embebido en desinfectante para pisos y en la sangre de su esposo. Mientras tanto, su hijo comía papas fritas, totalmente ajeno a la escena del crimen que él mismo había generado.

Muerte

              La muerte se paseaba por el hospital. No usaba una capa negra ni cargaba con una hoz. Caminaba por los pasillos vestida de enfermera, con el cabello dorado bajo una cofia, una sonrisa en el rostro y una jeringa en el bolsillo del ambo. ¡Ah! Pero la muerte no dañaba a cualquiera. Solo repartía inyecciones letales a los que osaban levantar una mano a las mujeres y a los niños.  

              «No te hagas atender en el hospital. Nadie sale vivo de ahí», se decía en el pueblo.

Notas

El profesor estaba escribiendo la fórmula resolvente en el pizarrón. Se levantó abruptamente de su pupitre. No podía tolerarlo más. No era nada personal. En realidad, le gustaba matemática. Pero ya no podía esperar más. Sacó el revolver de la mochila y sus compañeros ahogaron un grito. Se paró delante de todos y le disparó en la rodilla a su profesor cuando intentó escaparse. Le dio un balazo al chico que lo golpeaba durante todos los recreos. Le apuntó a su mejor amigo y le perforó un ojo. La sangre de ambos salpicó a la chica que le gustaba. Vio las lágrimas corriendo por sus mejillas y no pudo más. Se quebró. Puso el revolver en su boca y…

—¡Hey! —Lo despertó la chica de su sanguinario sueño—. ¿Estás bien?

—S… sí. Sí, estoy bien. —Se refregó los ojos—. ¿Necesitabas algo?

—Sí, te iba a pedir prestadas tus notas de matemática… Si no tenés problema.

Obra

              El elenco no tenía manera de saber que la autora iba a encerrarlos en el teatro rociado de combustible e iba a encender un cigarrillo durante el ensayo. No sabían que esa obra estaba maldita y por eso tenía que arder en llamas. Cosas de escritores.

Maldad en flor (Parte II)

Fea

Estuvo vigilándola toda la tarde. Pero encontró su oportunidad cuando la vio levantarse de su silla para ir al baño. Se puso los lentes de sol y la siguió. Esperó a que entrara a un cubículo y después de asegurarse de que estuvieran solas, cerró la entrada con llave. Se acercó con sigilo y le pegó una patada a su puerta con todas sus fuerzas. La débil traba terminó de romperse y dejó al descubierto a su víctima. Estaba arrinconada y desnuda. Su ropa se había caído al piso y se estaba manchando con barro. Sacó el cuchillo de su pantalón, el que había afilado minuciosamente por meses, y sonrió cuando notó un hilo amarillo recorriendo la pierna de la otra.

A los cinco minutos salió del baño, dejando desfigurada a la excompañera de colegio que por años le dijo que era fea.

Guante

Todavía recuerdo esa tarde. La recuerdo como si hubiese sido ayer. Estaba en el colectivo, volviendo del colegio. Mi mamá siempre me decía que no hablara con desconocidos, pero la curiosidad me estaba volviendo loca. Era de satén, largo hasta el codo y de color rojo intenso. Se balanceaba frente a mis ojos como si tratara de hipnotizarme. Sin embargo, lo que más me llamaba la atención es que la mujer solo tenía uno. Su otro brazo estaba desnudo. Pensé que estaría ocultando algo. Me acerqué tímidamente y le pregunté por qué usaba uno solo. Me sonrió y se sacó lentamente el guante.

Lo que vi me sigue causando pesadillas.

Harapo

Caminó hacia el contenedor con enojo. Todos se habían olvidado de sacar la basura. Otra vez. Todos los días pasaba lo mismo y ya estaba cansada. Abrió la puerta del contenedor y cuando estaba por arrojar sus bolsas notó que no había espacio. Estaba hasta el tope de envoltorios de comida y de harapos. Suspiró e intentó hacer espacio con sus bolsas. Pero dejó de presionar al escuchar un extraño ruido. Dejó su basura en el piso y sacó un pañuelo descartable del bolsillo. Con mucho asco removió entre los residuos hasta encontrarse con un ojo humano.

Incorporarse

Tenía un sabor a óxido en la boca. Se llevó una mano a la cara y vio sangre al quitarla. Sentía mucho dolor en el cuerpo, especialmente en la rodilla. No quiso detenerse en ella. Un simple vistazo le había asegurado que era una fractura expuesta. Pensó en arrastrarse hacia la banquina, pero no tenía fuerzas. De repente, interrumpiendo sus pensamientos, dos luces se encendieron a unos metros de él. El auto aceleró con toda velocidad y lo volvió a arrollar. Ni siquiera tuvo tiempo para incorporarse y mirar el rostro de su asesino.

Jarrón

Pasaba mañanas enteras en el jardín. Llenarme las manos de tierra, oler las flores que nacían y buscar nuevas semillas para plantar eran tareas que lograban desconectarme de la realidad que vivía. Por eso, cuando mi esposo llegó para reclamarme quién era el chico del herbolario con el que me hablaba, yo no me inmuté. Le dije que era eso. Un empleado del lugar. Me dijo puta mentirosa. Su apodo favorito para mí. No intenté calmarlo. Dejé que reaccionara, pero cuando vi que agarraba el terrario en el que había puesto tanto esfuerzo y lo arrojaba contra el suelo, mi mundo se derrumbó. El jarrón se hizo añicos. Poseída por una fuerza que nunca había sentido, agarré las tijeras de podar.

E hice abono con mi media naranja.

Maldad en flor (Parte I)

En el hemisferio sur no tenemos disfraces, calabazas malvadas, dulce o travesura y todas esas cosas que caracterizan al mes de octubre. Pero seguimos teniendo muchos microrrelatos de terror para celebrar Halloween.

Sentate bajo el sol de primavera y dejate asustar.

Ahogar

Guardó la esponja en forma de estrella en el canasto junto al jabón de glicerina y el shampoo con aroma a «dulces sueños». Movió las toallas celestes del inodoro y se sentó sobre la tapa. Rebuscó en el bolsillo trasero de su pantalón. Sacó un cigarrillo y lo encendió. Fumó mientras escuchaba los pasos acercándose al baño. Ignoró los golpes contra la puerta y los gritos en crescendo. Cuando la llave de repuesto fue encontrada, su madre finalmente entró para desmayarse al ver el pequeño cuerpo que flotaba en la bañera.

Broncear

La idea de ir a un centro de estética y meterse en una cama solar no le atraía mucho. Pero su mejor amiga insistió hasta que aceptó. «Día de chicas en el spa», exclamó mientras reservaba un turno. Y allí se encontraba. Estaba estática frente a la puerta que rezaba «sala de bronceado». Había un sticker en forma de sol que se estaba despegando. Lo pegó y tomó coraje para entrar. Adentro la estaba esperando su amiga. Le indicó sonriente todos los pasos a seguir. Se metió en la cama en bikini por pudor a desnudarse completamente. Cerró los ojos y se concentró en el murmullo de la máquina, sin sospechar que quien decía ser su mejor amiga estaba trabando su cama y subiendo la temperatura.

Casualidad

Cruzando la salida del spa, se chocó con la mamá de su mejor amiga. Esa mejor amiga que se estaba quemando lentamente en la cama solar. Se abrazaron mientras pensaba una excusa para sacarla de ahí. Le preguntó qué se iba a hacer. «Una limpieza facial completa», le respondió. «Espero que hayas traído dinero, porque se les acaba de romper el postnet». La cara de la mujer se transformó. Bingo, pensó. «No, no traje ni un billete». Miró hacia la calle. «Encima Antonio ya se fue». Le mostró sus llaves. «Justo estaba por ir al cajero automático. Te llevo». Le agradeció repetidas veces, le dijo que era un amor y se rieron de cómo iba a quedar su hija luego de la sesión de bronceado.

Desayuno

Estaba en la planta baja, pero de todas maneras se podía apreciar las quejas de la hija menor de la casa. Estaba gritándole a su madre que esa mucama de mierda le había robado su camisa blanca de la suerte. El cocinero la miró y se llevó un dedo a la cabeza. Se rieron del gesto. El hombre se fue de la habitación y sacó un frasquito de su delantal. Puso unas gotitas en el té y sonrió. Su sonrisa fue reflejada en la bandeja de plata. Con mucha gracia, la mucama de mierda llevó el desayuno a su «jefa» que ignoraba que ella podía entender el inglés a la perfección.

Espuma

La espuma en el boliche disimulaba los besos de los aburridos infieles, los pasos de bailes vergonzosos, los llantos por los exes y el cadáver que estaba sentado en un sillón, con un vaso de vodka en mano y una mueca de horror en la boca.

Canción de cuna (corto de terror)

«Canción de cuna» es un relato que forma parte de mi libro «Todos los monstruos son humanos», publicado en 2015. Esta historia fue escrita cuando tenía dieciséis años y por supuesto que mi estilo narrativo ha evolucionado a lo que hago ahora con veintidós años. Por lo tanto, no sé si es lo mejor que escribí. Pero esta es una manera de amigarme con el pasado, porque también forma parte de mí.

Esta adaptación fue creada más que nada para entretenerme, ya que no soy una experta en lo audiovisual. Espero que lo disfruten como yo. Gracias por leerme hasta acá.

El arte no está en pausa

Con esta situación especial que estamos viviendo alrededor de todo el mundo y aprovechando que estoy teniendo más tiempo libre por el distanciamiento social, decidí escribir y subir a Wattpad una serie de microrrelatos de terror. No tienen ninguna temática en especial, solamente están creados a partir de palabras al azar y ordenados alfabéticamente.

El nombre de la colección es ABC de literatura de terror. Y se puede acceder a ella a través del siguiente enlace: https://www.wattpad.com/story/217243428-abc-de-literatura-de-terror

Pollitos

Está en su pequeño comedor, sentada frente a la mesa. No se encuentra sola, a su alrededor están sentadas tres personas más. Escucha la tormenta eléctrica a lo lejos y se acuerda de que está en la oscuridad porque se cortó la luz. Juega con la llama de la solitaria vela que se encuentra sobre el centro de la mesa. Las sombras se mueven a su lado. Cree que los reconoce por sus voces, pero no puede ver sus rostros con claridad. Es como si alguien hubiese decidió borrarles los rasgos con un borrador de pizarra. De lo que sí está segura es que son tres hombres. Uno de ellos está tamborileando sus dedos sobre el mantel de plástico. Le llama la atención el diseño de este. Tiene flores azules y amarillas, como el que tenía su tía cuando vivía con ella. Le parece horrible y le trae malos recuerdos que reprime inmediatamente. Un sonido capta su atención. Otro de los hombres está comiendo los hielos que quedaron en el fondo de un vaso. Sabe que es hielo, pero al mismo tiempo parece que está masticando vidrio. En la penumbra cree ver un hilo de sangre cayendo de su boca. Cierra y abre los ojos y ya no hay nada. Se aclara la garganta y les pregunta:

—¿Qué vamos a cenar?

No le contestan inmediatamente porque parecen estar absolutamente concentrados en sus tareas. El tercer acompañante está mezclando un mazo de cartas españolas, pero deja de hacerlo al escuchar su pregunta. No levanta la cabeza para mirarla al responder.

—No sé.

Siente cierta tensión en la habitación. Se siente culpable por esta, aunque sabe que no hizo nada malo para que no estén dirigiéndole la palabra. Suspira. Odiaba siempre tener que ser la madre del grupo y decidir por todos, pero nadie parecía dispuesto a proponer una comida. Negada a pasar una mala noche, busca su celular en el bolsillo trasero del pantalón. No está ahí. Busca en el otro, pero tampoco se encuentra ahí. Se agacha para revisar debajo de la mesa. Nada. Solamente los pies de sus acompañantes. Uno de ellos tiene botas similares a las de su tía, con las que solía… No. Ahora no. Se dice. Se endereza en la silla.

—¿Alguien quiere pedir una pizza? Creo que dejé mi celular cargando en la habitación y no veo nada en esta oscuridad. Mucho menos sin mis lentes.

Le responde el mismo hombre.

—No queremos.

Se muerde la lengua para no reírse. Ahora se decidió a hablar en plural. Se cruza de brazos y le sigue el juego.

—¿Y qué quieren?

—Carne.

—Yo no como carne.

El otro piensa la respuesta.

—Entonces pollo.

—Tampoco como pollo. No como ningún tipo de carne. Soy vegetariana, ¿te acordás?

—No.

—Gracias.

              Suspira otra vez. Ya no le parece gracioso ese juego estúpido. A ese paso van a terminar cenando a la medianoche. Se pone los brazos a los costados, a modo de jarra, y espera que los otros se dignen a brindar una solución. Después de unos minutos de incómodo silencio, el de las cartas vuelve a hablar.

              —Entonces nosotros comemos pollo.

              —¿Sos comediante ahora? ¿Y yo qué hago? —Dice furiosa.

              Su interlocutor parece estar elaborando una respuesta en su mente.

              —Y vos… —Duda unos segundos—. Vos nos mirás mientras comemos pollo.

              —Bueno. —Contesta dispuesta a tirarle con el candelabro por la cabeza si decide seguir con esa porquería de broma.

              Para su sorpresa, el otro parece estar hablando seriamente. Se levanta de su silla, da media vuelta y desaparece por un pasillo oscuro. No logra ver su silueta, solamente escucha sus pasos que retumban como si se encontrara en una cueva. Empieza a sospechar que no está en su casa. A lo lejos se escucha el goteo de una fuente de agua. Y otro sonido que no logra reconocer al instante.

              —Eso es… ¿Eso es un gallo?

              Nadie le contesta. Está bastante segura de que no tiene un gallo de mascota, así que empieza a sospechar que está soñando. Su amigo vuelve a la habitación con una bandeja repleta de patas de pollo. Ningún tipo de presa diferente, solamente patas. Deja la comida sobre el horrible mantel y frente a su atónita cara. No sabe qué decir. Intenta no mirar, pero no puede evitar notar que las presas están mal cocidas. Traga saliva. Agarra una jarra con agua que no recuerda haber visto antes y que confirma sus sospechas de que todo sea un sueño.  Se sirve en un vaso y bebe mientras los otros empiezan a comer en silencio. Se escucha el ruido de la carne siendo desgarrada por dientes y por dedos. Nota que no están usando cubiertos. Se obliga a mirar otra cosa, como las gotas de transpiración del vaso.

              —Una vez soñé que comía un pollito. Fue horrible. —Dice sin saber por qué.

              —En una película de los setenta comen pollitos. —Le contesta el que anteriormente estaba comiendo hielo. Pronuncia las palabras con restos de comida asomándose de su boca. Parece que no sabe comportarse como una persona civilizada.

              —Y los pollitos lloraban. —Dice el del mazo de cartas.

              —No, los pollitos se movían.

              —Es lo mismo.

              —No hay signos de vida inteligente acá. —Murmura el que todavía no había hablado.

              —Creo que es David Lynch. —Le responde ella.

              —¿Quién?

              —El de la película.

              —¿El que come pollitos?

              —No, el director.

              —Es lo mismo.

              —No quiero juzgarlos, pero, ¿por qué piensan que comemos carne? —Pregunta ella. Dibuja una carita triste con las gotas de agua que cayeron al mantel—. ¿Por qué matan a las vacas, a los cerdos y a los pollos?

              —¿Por qué no te matás vos? —Le dice el del hielo.

              Uno de ellos le ofrece un cuchillo y lo acepta. Mira lo brillante y afilado que está. Siente la mirada atenta de todos mientras lo acerca a su cuello. Duda unos segundos, hasta que se encoge de hombros y se decide por actuar. Corta la piel, pensando que no va a salir sangre porque es un sueño. Sin embargo, el ardor es inmediato y muy difícil de tolerar. Espantada por lo que está sucediendo, arroja bien lejos al cuchillo. Agarra su cuello con ambas manos, intentando detener la hemorragia. La sangre cae empapando todo. Primero, el mantel, la silla y su ropa. Luego, de alguna extraña manera, parece transformarse en una catarata roja y brillante. Baña la bandeja de patas de pollo y a las tres sombras que están gritando con alegría al verla desangrándose. Uno de ellos le arroja una pata de pollo, que, al atajarla con una mano ensangrentada, se convierte en un pollito vivo. Intenta gritar, pero el terror se atasca en su garganta y en cuestión de segundos, se muere.

              Se despierta sobresaltada. Toca con una mano las sábanas empapadas en sudor. Vuelve a mirarlas para cerciorarse de que se trata de sudor y no de sangre. A su lado, un cuerpo se remueve. Lo observa con miedo, pensando si tendrá rostro o no, hasta que se da vuelta. Su novio le pregunta si tuvo otra pesadilla.

              —Sí. —Dice con un hilo de voz.

              Él se acerca y la abraza con sus brazos gigantes. Ella solloza en su pecho de manera casi imperceptible. Cuando nota que se está calmando, le pregunta si quiere relatarle el sueño. Al principio no responde y piensa que se quedó dormida. Después estira un brazo a la mesita de luz para agarrar algo blanco. Se suena la nariz con el pañuelito descartable y lo mira a los ojos. Son dos faroles azules que parecen brillar en la oscuridad.

              —Es que ahora no me acuerdo.

              Se queda pensativo, mirando una pared desnuda de la habitación. Ella lo pellizca.

              —No me ignores.

              Suspira.

              —¿Estaba tu tía en esa pesadilla?

              No le responde de inmediato. Sube las sábanas para cubrir todo el cuerpo excepto la cabeza. Parece una bebé grande. Ladea la cabeza y lo vuelve a mirar.

              —No me acuerdo. Pero creo que en el sueño comía pollo.

              Ve sus pequeñas manos, llenas de anillos, aferrándose a la tela. Hay algo diferente en ellas, pero no puede notarlo por la oscuridad. Se gira para su lado de la cama y prende el velador que está sobre la mesita de luz. Ella se queja y le dice que es un pelotudo. No le contesta, sigue mirando ese brillo particular. Su novia piensa en volver a insultarlo, pero dirige su atención a lo que está observando. Al principio no reconoce lo que ve. No puede evitar una arcada al darse cuenta de que tiene las manos sucias con grasa. Contiene el vómito. Con dificultad se destapa y arroja las sábanas fuera de la cama. Casi cae en su camino hacia el baño. Se tira contra el mármol, provocándose futuros moretones en las rodillas. Contrae el abdomen y vomita. Cuando siente que no puede más, se mete los dedos en la garganta. Se provoca varias arcadas hasta que sale despedida más comida. Su novio está detrás suyo, observando lacónicamente la escena. Ella siente el ardor y el gusto amargo por la bilis que ha sido despedida de su cuerpo. Él le pregunta si se encuentra bien. Unos ojos azules lo miran con odio debajo de una mata de pelo negro.

              —Comí pollo estando sonámbula. ¿Cómo mierda te parece que estoy?

              —¿Cómo sabés que es pollo?

              —¿Querés ver los restos en el inodoro, hijo de puta?

              Sigue abrazada al inodoro mientras le habla. Él nota los restos de comida en el rostro y en una remera, que es de él, pero que ella usa para dormir. Ve sus lágrimas acumuladas y saliva en la barbilla y no le provoca ni un poco de lástima. No le importa ni un poco lo que le está pasando. Se merece un poco de sufrimiento por lo mal que lo trata. Tiene ganas de insultarla, de decirle que es una hija de puta y que sabe que le está metiendo los cuernos con su compañero de trabajo, pero se muerde la lengua. Continúa con su papel de novio preocupado.

              —No me trates mal, amor. Yo no tengo la culpa.

              —Si no querés que te trate mal, no me digas estupideces. —Escupe un hilo de saliva.

              —No entiendo qué te pasa.

              Hace un rápido escaneo por el piso del baño. Agarra un desodorante de ambiente y apunta a su cara cuando lo arroja. Él lo esquiva por milímetros. Se aleja de la taza del inodoro para empezar a increparlo.

              —¿Te diste la cabeza contra el piso viniendo para el baño, hijo de puta? ¿No te acordás cuando te conté que mi tía me obligaba a ver cómo mataban a los pollos en el campo? ¿O de que me hizo cortarle la cabeza a uno? ¿También te olvidaste de que me molestaba aplastando pollitos con sus botas? ¿Eh? —Se levanta del frío mármol y empieza a pegarle piñas el pecho—. Contestame, hijo de puta. ¡Contestame!

              Alza una mano para arañarle el rostro con sus largas uñas y él la agarra por la muñeca. Se la tuerce, provocándole una mueca de dolor y la arroja contra la pared. Casi tropieza con el bidet. Se queda mirándolo en silencio y con expresión de profundo temor. Nunca le había pegado. Él se acerca. Con una sola mano agarra el cuello y lo aprieta hasta que ve que su rostro está cambiando de color.

              —¿Te pensás que sos la única con traumas infantiles, hija de re mil puta? —Ella intenta negar con la cabeza, pero no puede moverse—.

              La arroja contra el piso otra vez. Cae sobre sus rodillas adoloridas y comienza a llorar. Sabe que no tiene que atemorizarse frente a personas violentas, pero nunca lo vio de esa manera. Él se agacha hasta estar a la misma altura. La mira con ojos inyectados en ira.

              —¿Querés saber lo que me hacía mi tío a mí? ¡Me violaba, pelotuda! —Le escupe la cara al hablar. Ella pestañea para quitarse la saliva y las lágrimas de encima—. Me violaba cada vez que me quedaba en su casa porque mis viejos tenían que laburar. Y vos, cheta y consentida de mierda, te quejás porque esa vieja forra te hizo matar un pollo alguna vez que fuiste al campo. —La sacude—. No sabés nada de traumas. No sabés una mierda sobre el dolor.

              Agarra otra vez su cabeza y sin meditarlo la mete en el inodoro. Su novia convulsiona al ser ahogada en su propio vómito. Se escucha gritando y riendo mientras comete el asesinato, tal como hacía la famosa tía mientras aplastaba pollitos recién nacidos con sus botas talle 41. Pasados unos minutos, el cuerpo deja de moverse. La deja tirada ahí y se lava las manos con jabón antibacterial. Una, dos y tres veces. Busca un poco de alcohol etílico en el botiquín y también se lo refriega. Se seca con una toalla y vuelve a la habitación sin dedicarle ni una mirada al inodoro. Levanta las sábanas que están caídas en el piso, se acuesta y se tapa hasta la cabeza. Entra en un sueño profundo del que no va a salir hasta el mediodía hasta que su madre llame por teléfono para preguntar cómo están los tortolitos recién casados. Tiene un sueño tranquilo y sin pesadillas.

Ahogada

Disfruté de un lindo verano hasta que me asesinaron. Durante el día me bronceaba al lado de una piscina, tomando licuados para mantener la línea y purgar mi estómago. A la noche salía con amigos, que quizás no eran la mejor compañía, pero para pasar el rato servían. Pensándolo ahora con detenimiento, alguno de esos inútiles me pudo haber asesinado. También pudo haber sido mi padrastro, quien no estaba precisamente emocionado con mi existencia. En vano sería descubrirlo, los muertos no atestiguan en juicios.
La noche fatal, para decirle de alguna manera, cargaba una borrachera digna de haberme tomado hasta el agua de los floreros. Fui zizagueando hasta la entrada de mi casa. Se me cayeron las llaves y casi me partí la cabeza contra el cemento intentando agarrarlas. Cuando entré, me saqué los zapatos y dejé mi bolso sobre la mesada de la cocina. Me quedé mirando por los ventanales que daban al patio trasero. En mi brillante estado decidí que nadar a esa hora era una buena idea. Salí. Estaba bastante oscuro porque el Sol todavía no había asomado. No podía ver en detalle, por ejemplo, a la persona que me estaba espiando en las sombras. Caminé hasta la parte más profunda de la piscina y sin meditarlo mucho, me saqué el vestido que estaba usando y me lancé al agua. Nadé de un extremo al otro, tomándome todo el tiempo del mundo para hacerlo y disfrutando de cada brazada y patada que daba. En la tercera vuelta que di, noté que el cobertor se estaba activando. Me estaban encerrando. Mis sentidos todavía estaban abrumados. Nadé hasta el otro extremo y cuando intenté escalar torpemente el borde, una sombra me empujó. Escuché un splash que, por unos segundos, ensordeció mis oídos. Estaba otra vez en el agua. Intenté nadar a la superficie y levanté mi brazo derecho. Pero ya era tarde. El cobertor lo chocó y lo arrastró hasta el final de la piscina. Lloré cuando las capas de la piel se fueron desgarrando y grité cuando el hueso se quebró. Por supuesto que nadie me escuchó, seguía sumergida. Mi asesino se acercó y me saludó con una mano a través del cristal.

Era una figura asexuada con una capucha negra sobre la cabeza. No solamente era cobarde para asesinar —ya que su víctima estaba borracha—, tampoco tenía el valor para develar su rostro al final de su crimen. Yo sabía que moverme me quitaba energía y oxígeno, pero la desesperación era más fuerte. Mi cuerpo se sacudía como si estuviese poseído, mis pulmones se llenaban de agua con cloro y mi rostro estaba contraído en una mueca horrible que representaba lo que era llorar bajo el agua. Lo último que vi antes de morir, fue un hilo de sangre de mi brazo, sumergiéndose lentamente.

Lucía Cherri (2019)

Litterae

Esta no es una tragedia, tampoco una carta de amor. Aunque no sé por qué lo explico si tengo la certeza de que nadie va a leer esto. Podría ser una confesión, pero no puedo considerarlo de esa manera porque la verdad es que no asesiné a nadie. Fue un accidente, como todos los medios de comunicación repitieron hasta el hartazgo. Sin embargo, hay una parte de mí que siente culpa por haberle deseado la muerte. Pienso en retrospectiva, intentando recordar nuestros buenos tiempos, cuando todavía estábamos casados. Pero en mi mente tiene más peso todo el sufrimiento que me provocó. Subestimaba mi capacidad en la medicina por ser mujer, cuestionó mi sanidad mental cuando enfermó mi hermana y hasta me cambió por un «modelo más joven». Esto último era lo que menos me importaba. Sí me preocupaba que él fuese un obstáculo en mi carrera. Me di cuenta de que había tocado fondo cuando terminé llorando frente a un desconocido. Le confesé que no iba a poder aceptar su propuesta de trabajo, él no lo permitiría. Hasta bromeé diciendo que la única manera de que me dejara en paz sería si fuese atropellado por un autobús. Me disculpé, muy avergonzada y me fui de la entrevista.

Después estaba viendo el cuerpo de mi ex-esposo tendido en la calle. Me parecía irreal ver la camisa blanca tiñéndose de rojo cuando segundos antes estábamos hablando. Casi discutiendo, podría decir. Pensé que su sangre corriendo en el asfalto tenía un significado casi poético para mí. Sentí alivio, pero inmediatamente fue reemplazado por culpa. Me estremecí mientras escuchaba a lo lejos las sirenas de las ambulancias que llegaban. Me crucé de brazos y cerré los ojos para ignorar los gritos de terror de las personas que se acercaban y veían extremidades expuestas.

Hoy me desperté con un sueño donde veía otra vez su cuello torcido en un ángulo raro. Luego, cuando me cepillaba el pelo frente al espejo, vi un brillo especial en mis ojos. Sabía qué era lo que lo motivaba: la libertad de mis acciones. Veía un nuevo comienzo asomándose en el horizonte. Cuando terminé de ordenar mi equipaje para el nuevo trabajo, lo aseguré.

Lucía Cherri (2019)

Este relato fue leído en la primera edición de Encuentro de Auras (@encuentrodeauras). Como dato adicional, el texto es una especie de re-telling de la historia de un personaje ficticio de la serie «Lost»: Juliet Burke.