Maldad en flor (Parte final)

Poeta

Levantó la vista por última vez. Contempló por unos segundos a su musa. Su musa maniatada, con una cinta en la boca y con un ojo menos. Escribió la última oración del poema y firmó la hoja. Asintió satisfecho.

Quieto

              Entró al depósito a oscuras y se topó con un maniquí. No recordaba haberlo dejado en ese lugar. Lo rodeó, con cuidado de no tirar ninguna caja y encendió la luz para buscar el par de zapatos marca N. en color rojo y en talle número 38. Se agachó frente a un montón de cajas y empezó a rebuscar. El supuesto maniquí se acercó con sigilo.  

Riel

              Miró hacia la izquierda y descubrió con horror que el tren se estaba acercando rápidamente hacia su cabeza y a su cuerpo atado al riel.

Sacacorchos

«Poco hombre», «maricón», «pobre», «bueno para nada», «no sé qué vio mi hija en vos» y «hasta mi nieto de tres años podría descorchar ese vino» fueron las últimas palabras que dijo su suegro antes de que le clavara el sacacorchos en la yugular.

Tajo

              Le hizo un tajo a su madre porque quería saber de qué estaban hechos los humanos.

Uña

«Me quiere», «no me quiere», «me quiere…». No, «no me quiere». Tiró el tallo de la flor al suelo. Se acercó a su mesita de tortura y agarró el alicate.

—No me querés. —Dijo cabizbaja mientras acercaba la herramienta a sus uñas.

Vacío

              Le sonrió por última vez a su mejor amiga antes de arrojarla por el precipicio.

Whiskey

              Chequeó el contenido de la bandeja una última vez antes de llevársela a su esposo. Un vaso de whiskey con unas cuantas gotas de clonazepam para dejarlo inconsciente el tiempo necesario para asesinarlo, el diario de ese día y los lentes de marco de oro. Ahogó una risita y subió las escaleras.

Xilema

Cortó con el bisturí teniendo mucho cuidado, como si se tratara del xilema de una plata. Pero esto no era un xilema y no vio salvia al hacer la incisión. La vena empezó a sangrar rápidamente y a diferencia de las plantas, esta persona maniatada sí estaba sintiendo el dolor.

Yacía

              El cuerpo de su padre yacía en la alfombra con un balazo entre los ojos. Su mamá se reía, sentada en un sillón y con un vaso de whiskey en mano.

Zapato

Se preguntó por qué su compañera tardaba tanto en buscar un simple par de zapatos. Bajó por las escaleras y fue directamente a prender la luz del depósito. Su nombre se quedó atascado en la garganta al verla muerta en el piso y con un zapato rojo incrustado en el ojo.

¡Feliz Halloween!

Maldad en flor (parte III)

Kétchup

              Bajó del auto y corrió bajo la lluvia. Estaba contenta por haberse escapado de su trabajo, al menos un ratito, para poder almorzar con su familia. Su esposa le había dicho que habían pasado (él y su hijo de un año) por un local de comida rápida y que la estaban esperando. Se rio cuando leyó el mensaje de que el pequeñito quería devorar todas las papas fritas. Envió un emoji de un beso y de un auto y caminó hacia el estacionamiento.

              Ahora estaba atravesando la puerta de entrada. Se quitó el piloto y las botas y los dejó tirados allí. Ya habría tiempo para limpiar. Corrió en puntas de pie hasta la cocina para poder sorprenderlos. Cuando vio la escena que la estaba esperando, comenzó a reírse. Su hijo estaba sentado en su sillita con la cara llena de kétchup. Se acercó con una servilleta, todavía riéndose, y se detuvo cuando vio a su esposo en el piso. Estaba inmóvil y con el cuello destrozado. El niño agitó sus brazos, feliz de ver a su madre, y la salpicó con sangre.

Limpiar

              Lloró al escurrir el trapo embebido en desinfectante para pisos y en la sangre de su esposo. Mientras tanto, su hijo comía papas fritas, totalmente ajeno a la escena del crimen que él mismo había generado.

Muerte

              La muerte se paseaba por el hospital. No usaba una capa negra ni cargaba con una hoz. Caminaba por los pasillos vestida de enfermera, con el cabello dorado bajo una cofia, una sonrisa en el rostro y una jeringa en el bolsillo del ambo. ¡Ah! Pero la muerte no dañaba a cualquiera. Solo repartía inyecciones letales a los que osaban levantar una mano a las mujeres y a los niños.  

              «No te hagas atender en el hospital. Nadie sale vivo de ahí», se decía en el pueblo.

Notas

El profesor estaba escribiendo la fórmula resolvente en el pizarrón. Se levantó abruptamente de su pupitre. No podía tolerarlo más. No era nada personal. En realidad, le gustaba matemática. Pero ya no podía esperar más. Sacó el revolver de la mochila y sus compañeros ahogaron un grito. Se paró delante de todos y le disparó en la rodilla a su profesor cuando intentó escaparse. Le dio un balazo al chico que lo golpeaba durante todos los recreos. Le apuntó a su mejor amigo y le perforó un ojo. La sangre de ambos salpicó a la chica que le gustaba. Vio las lágrimas corriendo por sus mejillas y no pudo más. Se quebró. Puso el revolver en su boca y…

—¡Hey! —Lo despertó la chica de su sanguinario sueño—. ¿Estás bien?

—S… sí. Sí, estoy bien. —Se refregó los ojos—. ¿Necesitabas algo?

—Sí, te iba a pedir prestadas tus notas de matemática… Si no tenés problema.

Obra

              El elenco no tenía manera de saber que la autora iba a encerrarlos en el teatro rociado de combustible e iba a encender un cigarrillo durante el ensayo. No sabían que esa obra estaba maldita y por eso tenía que arder en llamas. Cosas de escritores.

Maldad en flor (Parte II)

Fea

Estuvo vigilándola toda la tarde. Pero encontró su oportunidad cuando la vio levantarse de su silla para ir al baño. Se puso los lentes de sol y la siguió. Esperó a que entrara a un cubículo y después de asegurarse de que estuvieran solas, cerró la entrada con llave. Se acercó con sigilo y le pegó una patada a su puerta con todas sus fuerzas. La débil traba terminó de romperse y dejó al descubierto a su víctima. Estaba arrinconada y desnuda. Su ropa se había caído al piso y se estaba manchando con barro. Sacó el cuchillo de su pantalón, el que había afilado minuciosamente por meses, y sonrió cuando notó un hilo amarillo recorriendo la pierna de la otra.

A los cinco minutos salió del baño, dejando desfigurada a la excompañera de colegio que por años le dijo que era fea.

Guante

Todavía recuerdo esa tarde. La recuerdo como si hubiese sido ayer. Estaba en el colectivo, volviendo del colegio. Mi mamá siempre me decía que no hablara con desconocidos, pero la curiosidad me estaba volviendo loca. Era de satén, largo hasta el codo y de color rojo intenso. Se balanceaba frente a mis ojos como si tratara de hipnotizarme. Sin embargo, lo que más me llamaba la atención es que la mujer solo tenía uno. Su otro brazo estaba desnudo. Pensé que estaría ocultando algo. Me acerqué tímidamente y le pregunté por qué usaba uno solo. Me sonrió y se sacó lentamente el guante.

Lo que vi me sigue causando pesadillas.

Harapo

Caminó hacia el contenedor con enojo. Todos se habían olvidado de sacar la basura. Otra vez. Todos los días pasaba lo mismo y ya estaba cansada. Abrió la puerta del contenedor y cuando estaba por arrojar sus bolsas notó que no había espacio. Estaba hasta el tope de envoltorios de comida y de harapos. Suspiró e intentó hacer espacio con sus bolsas. Pero dejó de presionar al escuchar un extraño ruido. Dejó su basura en el piso y sacó un pañuelo descartable del bolsillo. Con mucho asco removió entre los residuos hasta encontrarse con un ojo humano.

Incorporarse

Tenía un sabor a óxido en la boca. Se llevó una mano a la cara y vio sangre al quitarla. Sentía mucho dolor en el cuerpo, especialmente en la rodilla. No quiso detenerse en ella. Un simple vistazo le había asegurado que era una fractura expuesta. Pensó en arrastrarse hacia la banquina, pero no tenía fuerzas. De repente, interrumpiendo sus pensamientos, dos luces se encendieron a unos metros de él. El auto aceleró con toda velocidad y lo volvió a arrollar. Ni siquiera tuvo tiempo para incorporarse y mirar el rostro de su asesino.

Jarrón

Pasaba mañanas enteras en el jardín. Llenarme las manos de tierra, oler las flores que nacían y buscar nuevas semillas para plantar eran tareas que lograban desconectarme de la realidad que vivía. Por eso, cuando mi esposo llegó para reclamarme quién era el chico del herbolario con el que me hablaba, yo no me inmuté. Le dije que era eso. Un empleado del lugar. Me dijo puta mentirosa. Su apodo favorito para mí. No intenté calmarlo. Dejé que reaccionara, pero cuando vi que agarraba el terrario en el que había puesto tanto esfuerzo y lo arrojaba contra el suelo, mi mundo se derrumbó. El jarrón se hizo añicos. Poseída por una fuerza que nunca había sentido, agarré las tijeras de podar.

E hice abono con mi media naranja.

Maldad en flor (Parte I)

En el hemisferio sur no tenemos disfraces, calabazas malvadas, dulce o travesura y todas esas cosas que caracterizan al mes de octubre. Pero seguimos teniendo muchos microrrelatos de terror para celebrar Halloween.

Sentate bajo el sol de primavera y dejate asustar.

Ahogar

Guardó la esponja en forma de estrella en el canasto junto al jabón de glicerina y el shampoo con aroma a «dulces sueños». Movió las toallas celestes del inodoro y se sentó sobre la tapa. Rebuscó en el bolsillo trasero de su pantalón. Sacó un cigarrillo y lo encendió. Fumó mientras escuchaba los pasos acercándose al baño. Ignoró los golpes contra la puerta y los gritos en crescendo. Cuando la llave de repuesto fue encontrada, su madre finalmente entró para desmayarse al ver el pequeño cuerpo que flotaba en la bañera.

Broncear

La idea de ir a un centro de estética y meterse en una cama solar no le atraía mucho. Pero su mejor amiga insistió hasta que aceptó. «Día de chicas en el spa», exclamó mientras reservaba un turno. Y allí se encontraba. Estaba estática frente a la puerta que rezaba «sala de bronceado». Había un sticker en forma de sol que se estaba despegando. Lo pegó y tomó coraje para entrar. Adentro la estaba esperando su amiga. Le indicó sonriente todos los pasos a seguir. Se metió en la cama en bikini por pudor a desnudarse completamente. Cerró los ojos y se concentró en el murmullo de la máquina, sin sospechar que quien decía ser su mejor amiga estaba trabando su cama y subiendo la temperatura.

Casualidad

Cruzando la salida del spa, se chocó con la mamá de su mejor amiga. Esa mejor amiga que se estaba quemando lentamente en la cama solar. Se abrazaron mientras pensaba una excusa para sacarla de ahí. Le preguntó qué se iba a hacer. «Una limpieza facial completa», le respondió. «Espero que hayas traído dinero, porque se les acaba de romper el postnet». La cara de la mujer se transformó. Bingo, pensó. «No, no traje ni un billete». Miró hacia la calle. «Encima Antonio ya se fue». Le mostró sus llaves. «Justo estaba por ir al cajero automático. Te llevo». Le agradeció repetidas veces, le dijo que era un amor y se rieron de cómo iba a quedar su hija luego de la sesión de bronceado.

Desayuno

Estaba en la planta baja, pero de todas maneras se podía apreciar las quejas de la hija menor de la casa. Estaba gritándole a su madre que esa mucama de mierda le había robado su camisa blanca de la suerte. El cocinero la miró y se llevó un dedo a la cabeza. Se rieron del gesto. El hombre se fue de la habitación y sacó un frasquito de su delantal. Puso unas gotitas en el té y sonrió. Su sonrisa fue reflejada en la bandeja de plata. Con mucha gracia, la mucama de mierda llevó el desayuno a su «jefa» que ignoraba que ella podía entender el inglés a la perfección.

Espuma

La espuma en el boliche disimulaba los besos de los aburridos infieles, los pasos de bailes vergonzosos, los llantos por los exes y el cadáver que estaba sentado en un sillón, con un vaso de vodka en mano y una mueca de horror en la boca.