Intro

La música es y siempre ha sido una importante herramienta para la expresión personal y también para la crítica social. A lo largo de su historia, las mujeres han sido parte del proceso creativo, pero muchas veces sus contribuciones han sido pasadas por alto o subestimadas. Por ejemplo, en los primeros días del rock, eran relegadas a papeles secundarios siendo coristas o tecladistas.

No fue hasta la década del 70, con el auge del punk y del new wave, que las mujeres comenzaron a emerger como poderosas vocalistas e instrumentistas, incluso llegando a conformar bandas compuestas exclusivamente por mujeres, como fue la banda que fundó Joan Jett en su adolescencia: The Runaways.

Limitándome al instrumento que más me gusta, que es el bajo, no puedo evitar notar el papel crucial que han jugado las bajistas en la industria musical. En primer lugar, rompieron las barreras al ocupar espacios tradicionalmente dominados por hombres, desafiando estereotipos de género y demostrando que las mujeres pueden ser tan habilidosas e innovadoras como sus contrapartes masculinas. 

Kim Gordon (Sonic Youth)

En segundo lugar, han aportado estilos únicos a la música que han creado. En algunos casos, sus líneas de bajo se han convertido en partes de canciones icónicas como lo son Psycho Killer, por Tina Weymouth (Talking Heads), y Debaser, por Kim Deal (Pixies); que, de acuerdo a NME, son dos de las mejores líneas de bajo de todos los tiempos.

Por último, la presencia de mujeres bajistas en bandas ha ayudado a crear un panorama musical más inclusivo. Cuando las niñas las ven tocando ese instrumento, es muy probable que se sientan inspiradas a imitar sus pasos. Ese impacto puede tener tal efecto dominó que lleve a las mujeres a todas las áreas de la música, desde la composición hasta la producción.

Kim Gordon (Sonic Youth) ha dicho que las mujeres somos anarquistas y revolucionarias naturales, ya que al ser ciudadanas de segunda clase, siempre estamos forjando nuestro propio camino. Es sabido que para muchas músicas sus caminos han sido obstaculizados, pero el fruto del trabajo duro contra una industria machista se sigue apreciando hasta hoy.

De ahí surge mi necesidad de escribir al respecto y de emprender un mini viaje a través de la historia musical y dedicar unas palabras a bajistas que han tenido un gran impacto en chicas como vos y como yo.

En el día internacional de la mujer trabajadora…

Hoy es el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Circulan muchas versiones del origen, pero Clara Zetkin fue la que propuso que la fecha sea el 8 de marzo, en el II Encuentro Internacional de Mujeres Socialistas de 1910.

Siendo esa la ocasión, me pareció correcto aportar mi granito de arena y hablar del oficio de ser escritora. Hermoso oficio del que nadie te menciona sus contras al ser mujer.

Hace años, leyendo una antología de relatos, me encontré con esta frase de Guillermo Saavedra:

«Las mujeres que escriben en la Argentina podrían decir, parafraseando a Gustav Mahler, son triplemente ignoradas: como escritoras en el mercado, como argentinas en los llamados países centrales y como mujeres en el mundo entero».

Cuando leí eso la realidad me golpeó como un baldazo de agua fría. Me di cuenta, así de rápido, de lo invisibilizadas que estamos las mujeres en la literatura. Estamos a un costadito, en la sección rosa. A nosotras se nos atribuye el mercado de la sensibilidad. Escribimos sobre el amor, las emociones, las flores en la primavera y la brisa del verano. Escribimos poesía o novelas rosas. Mujeres escribiendo literatura «para mujeres.» Sin embargo, los hombres pueden tocar todos los temas habidos y por haber. Hablan del matrimonio, de divorcio, de infidelidad, de violencia, de sexo, de filosofía, de Dios y del más allá. Y en ese caso no hablamos de una literatura dirigida exclusivamente a los hombres. Será que yo siempre leí todo lo que cayó en mis manos, sin diferenciar por género o nacionalidad, que nunca lo pensé.

La nacionalidad era otra cuestión. Me di cuenta entonces que muchos de los referentes de la literatura argentina son hombres. Sé de memoria historias de Borges, Cortázar, Bioy Casares y Sábato. Y está bien, eh. El Túnel siempre me pareció una novela excepcional. Y me encantaba (y encanta) releer relatos de Cortázar. Pero, ¿dónde estaban las mujeres? El mismo libro que estaba leyendo me dio la respuesta. No estaba sola. Estaba Alfonsina Storni, Liliana Bodoc, Silvina Ocampo, Juana Manuela Gorriti, Eduarda Mansilla, Marta Lynch, Beatriz Guido, Angélica Gorodischer, Luisa Futoransky, María Moreno, Matilde Sánchez, Reina Roffé, Cristina Siscar, Susana Silvestre, Alicia Dujovne Ortíz, Noemí Ulla, Ana Basualdo, Liliana García, Inés Fernández Moreno, Graciela Schvartz, Mercedes Roffé, Mirta Botta, Patricia Suárez, Sofía González Bonorino, Andrea Rabih, Cecilia Szperling, Esther Cross, Sara Gallardo, Griselda Gambaro, Sylvia Iparraguirre, Amalia Jamilis, Vlady Kociancich, Tununa Mercado, Elvira Orpheé, Ana María Shua, Luisa Valenzuela y muchas más.

Gracias al internet fui investigando y descubriendo más mujeres que amaban la literatura con la misma pasión que yo. Me fui rodeando de nombres que simbolizaban algo más. Un abrazo, una caricia o una palabra de aliento para llegar a la misma conclusión: no vine a este mundo para complacer los deseos ajenos. Ante la censura, el demérito, el encasillamiento, el machismo, la misoginia y todo el mal de este podrido mundo, tengo la poderosa arma de la escritura. Yo voy a escribir lo que quiera porque así lo quiero. Y si no tengo éxito en la literatura, será por falta de talento, no por mi género.

Notas:
• La antología que mencioné en el texto se llama «Cuentos de escritoras argentinas» y es de la editorial Alfaguara.
• También les invito a leer este interesante (y movilizador) texto de revista Anfibia: http://revistaanfibia.com/ensayo/machismo-y-literatura-el-mercado-de-la-sensibilidad/

Esclavos de una pantalla

Estoy en la sala de espera del consultorio de mi ginecóloga. Todos los años vengo para hacerme estudios de control y asegurarme de que todo esté bien. También debería hacerlo con el oftalmólogo, porque me está doliendo bastante la cabeza al forzar la vista. O con el dentista, pero a esos profesionales de la salud les tengo miedo desde que tengo memoria.

Hace exactamente un año atrás, estaba sentada en el mismo lugar. No lo planeé, de manera inconsciente me terminé sentando en el mismo asiento. Hoy llueve y me alegro de vivir más cerca del sanatorio. El año pasado diluviaba y estaba sufriendo por los horarios del colectivo, el saldo en la tarjeta sube y por tener que correr a la parada sin pisar una baldosa floja y ensuciarme o caerme de bruces y romperme la nariz. Pensaba en todo eso porque parecía ser un día ajetreado para mi doctora y estaba tardando en atender a sus pacientes. Entonces saqué mi celular de la mochila y en vez de revisar mis redes sociales, como suelo hacer cuando estoy aburrida, decidí abrir el lector de PDF de Adobe y continuar con una lectura pendiente. No recuerdo con exactitud qué libro era. Quizás eso habla del poco impacto que tuvo en mí. Sí recuerdo que trataba de un asesinato y que la trama era bastante tremebunda, como sucede en la mayoría de los libros que suelo leer. Mientras tanto, la gente iba y venía en el sanatorio. La pobre secretaria estaba trabajando a la velocidad de la luz, intentando satisfacer a todos los que se acercaban a su mostrador. Pero la fila para ser atendido era cada vez más larga. Cerca de diez personas estaban moviendo el cuerpo con impaciencia o chequeando la hora compulsivamente. Yo me arrepentía de no haber traído los lentes para leer nítidamente las pequeñas letras del PDF, cuando escuché una conversación al azar. No porque quisiera, sino que la fila se había hecho tan larga que tenía gente parada frente a mí. Un hombre —de aproximadamente sesenta años— saludaba a una chica más joven que él. En un principio, se hicieron las preguntas banales de siempre: «¿Cómo estás?», «¿Cómo anda tu familia?» y «¿Mejorará el clima?». Después la charla se desvió de tema. Hacia mí. Al principio no comprendí a qué se estaba refiriendo ese señor totalmente desconocido para mí. Luego me di cuenta, con resignación, de que se estaba quejando del uso de celulares por parte de los jóvenes. «Mirá, siempre están así, esclavos de una pantalla», dijo al señalarme con el brazo. Consideré decirle a ese hombre totalmente fuera de lugar que 1) se meta en sus propios asuntos y 2) que no estaba paveando con el celular, estaba leyendo un libro. Pero me arrepentí. Lo miré con cara de poca simpatía, puse los ojos en blanco y seguí con mi lectura. No sé qué le contestó su interlocutora porque dejé de prestar atención.

No lo mandé a callar por muchas cuestiones. Primera cuestión, no le debo explicaciones a nadie sobre lo que estoy haciendo o no. Muchos menos a un señor random de una sala de espera. Segunda cuestión, se notaba a leguas que era uno de esos renegados de la tecnología, que probablemente años atrás también se quejaba de la esclavitud frente al televisor —«la caja boba»— o ante la computadora. Tercera cuestión, estaba leyendo un libro. En mi opinión, haciendo un uso productivo de la tecnología. Pero existe un prejuicio, todavía latente, con los adolescentes y los celulares (aunque muchas veces mis abuelos, gente mayor, se han quedado totalmente hipnotizados con esa pantallita estando en reuniones familiares). Usar el celular, para algunos, tiene que significar exclusivamente revisar las redes sociales. Cuando en realidad esa es una de las pocas funciones que tenemos con el acceso a internet. Ingresando justamente a esas redes, nos podemos comunicar con personas que hace años que no vemos, podemos entablar conversaciones con desconocidos que luego se convierten en amigos o dialogar con un extranjero con el único fin de practicar un idioma en particular. Podemos descargar libros, música, películas y juegos de cualquier parte del mundo. Los juegos pueden ser como los Sims —aquí una fanática irremediable—, cuya única función es entretener. Pero también existen sudokus, crucigramas u otro tipo de juegos que permiten que usemos nuestra mente. Existen aplicaciones que te ayudan con la gramática española, con ejercicios de matemática o que directamente te guían para aprender un nuevo idioma desde cero. Podés también enterarte de lo que está sucediendo al otro lado del mundo, ya sea la noticia de tal cantante que sacó tal álbum o que un país del Oriente está siendo invadido por uno imperialista con el fin de explotar sus recursos. El internet es un mar de posibilidades. Su impacto puede ser positivo o negativo dependiendo del uso que se haga. Y eso deriva en la quinta y última cuestión de esta situación. Escribí un par de líneas arriba que estaba leyendo en ese momento, por lo tanto, estaba haciendo un uso productivo de la tecnología. Pero hay que tener en cuenta que leer no te hace mejor persona. Podés haber leído más de cien libros, podés tener varias certificaciones o títulos académicos y podés tener mejor dicción o redacción que la mayoría de la población, pero nada va a cambiar lo que está dentro tuyo. Los valores que te digan qué está bien y qué está mal, y que, como una lucecita roja y titilante, te indiquen que está mal prejuzgar a una persona. Menos si no la conocés y mucho menos por estar aburrido en una sala de espera.

Todos los monstruos son humanos: mi libro

La contratapa reza: «En esta colección de relatos, la autora plasma la complejidad de las mentes humanas haciendo hincapié en las personalidades y en las situaciones dadas en lugares indeterminados y formando preguntas sobre la atracción sobre lo prohibido o lo malvado.»

Todos los monstruos son humanos es mi primer libro publicado. Se publicó en el año 2015, cuando yo estaba en cuarto año de la secundaria y contaba con tan solo diecisiete años. El proceso de publicación se basó, en primera instancia, en buscar a alguien que apostara a mi joven literatura. Mediante el contacto de mi profesora de Lengua y Literatura, el senador Germán Giacomino se interesó en mi manuscrito. Él dispuso del dinero para la impresión del libro en la imprenta Constitución. Al ser una publicación independiente (ya que no cuento ni contaba entonces con una editorial), además de ser la escritora, también jugué un poco a ser editora y diseñadora. Diseñé la tapa (cuya ilustración realizó Lorenzo Gómez), le di una estructura al libro y revisé la redacción de cada relato.

Mi primera obra cuenta con veinte relatos del género terror. Mi enfoque siempre ha sido sobre el factor humano dentro de los crímenes. Por ejemplo, ¿qué es lo que motiva a un asesino en serie a repetir su modus operandi? Fenómenos como la violencia y el cinismo están muy alejados de lo que soy como persona, por lo tanto, desde mi rol de escritora es interesante posicionarse en un lugar en el que nunca estaría.

Está organizado por años, comenzando con 2012 (que es el año en el cual empecé a escribir relatos orientados al terror y al suspenso) y terminando en 2015. Mi intención era demostrar la evolución en mi estilo narrativo. La escritura, como se sabe, va progresando con la práctica y la madurez de la persona. Mi manera de escribir al día de hoy no es la misma que la del año de publicación de mi obra. Como mencioné al principio, tenía diecisiete años y todavía estaba en la secundaria. Diferente es ahora, que tengo veintiuno y me estoy formando como futura traductora y profesora de Inglés.

De todas maneras, Todos los monstruos son humanos es la perfecta representación de lo que yo era en esa época (luego voy a profundizar este análisis). Va a ser siempre mi primera obra y estoy muy orgullosa de ella.

(Para informarse sobre cómo conseguir el libro, pueden visitar mis redes sociales o dejar un comentario debajo de este post.)

Un buen café

Presionó sus labios rojos contra la taza de un buen café. Pasó con indiferencia las páginas de una revista mientras prestaba atención al murmullo del lugar. Una chica con uniforme rosa y una tarjeta con su nombre pasó al lado suyo con una bandeja en mano. Dejó el desayuno estilo americano en la mesa de lo que a sus ojos era sólo una silueta masculina. Tachó prolijamente otro nombre de su pequeña libreta negra. Puso un billete como propina debajo del servilletero, guardó sus pertenencias en su bolso y se dirigió hacia la salida. Empujó los lentes de sol en su cara y no se dio vuelta cuando escuchó los gritos aterrados por el ruido de una cabeza sin vida chocando contra el plato y los cubiertos.

Lucía Cherri (2017).

Vampiro

Cierra los ojos y no puede imaginar si de noche o de día será. Está demasiado compenetrada sintiendo todas sus emociones a flor de piel. Cómo hizo para entrar en la casa y cómo ella no oyó sus pasos en el pasillo, son preguntas que repentinamente cruzan por su mente, pero pierde la concentración cuando siente el roce de sus labios en las clavículas. Se siente eléctrica, con el corazón palpitando como si fuese una bomba de tiempo. Cuánto esperó por este momento y una vez que los besos ascienden hasta su cuello el mundo deja de existir, sin hablar metafóricamente, ya que los colmillos se clavan en su carótida, succionando la sangre como si fuese una abeja rondando en una bella flor. Cuando termina, saca de un bolsillo un pañuelo con el cual se limpia delicadamente la boca y se retira de la habitación sin dar una mirada hacia atrás para contemplar a la flor que se marchita entre las sábanas manchadas de rojo, con los ojos cegados de amor por su cruel asesino.

Lucía Cherri (2016)