Maldad en flor (parte III)

Kétchup

              Bajó del auto y corrió bajo la lluvia. Estaba contenta por haberse escapado de su trabajo, al menos un ratito, para poder almorzar con su familia. Su esposa le había dicho que habían pasado (él y su hijo de un año) por un local de comida rápida y que la estaban esperando. Se rio cuando leyó el mensaje de que el pequeñito quería devorar todas las papas fritas. Envió un emoji de un beso y de un auto y caminó hacia el estacionamiento.

              Ahora estaba atravesando la puerta de entrada. Se quitó el piloto y las botas y los dejó tirados allí. Ya habría tiempo para limpiar. Corrió en puntas de pie hasta la cocina para poder sorprenderlos. Cuando vio la escena que la estaba esperando, comenzó a reírse. Su hijo estaba sentado en su sillita con la cara llena de kétchup. Se acercó con una servilleta, todavía riéndose, y se detuvo cuando vio a su esposo en el piso. Estaba inmóvil y con el cuello destrozado. El niño agitó sus brazos, feliz de ver a su madre, y la salpicó con sangre.

Limpiar

              Lloró al escurrir el trapo embebido en desinfectante para pisos y en la sangre de su esposo. Mientras tanto, su hijo comía papas fritas, totalmente ajeno a la escena del crimen que él mismo había generado.

Muerte

              La muerte se paseaba por el hospital. No usaba una capa negra ni cargaba con una hoz. Caminaba por los pasillos vestida de enfermera, con el cabello dorado bajo una cofia, una sonrisa en el rostro y una jeringa en el bolsillo del ambo. ¡Ah! Pero la muerte no dañaba a cualquiera. Solo repartía inyecciones letales a los que osaban levantar una mano a las mujeres y a los niños.  

              «No te hagas atender en el hospital. Nadie sale vivo de ahí», se decía en el pueblo.

Notas

El profesor estaba escribiendo la fórmula resolvente en el pizarrón. Se levantó abruptamente de su pupitre. No podía tolerarlo más. No era nada personal. En realidad, le gustaba matemática. Pero ya no podía esperar más. Sacó el revolver de la mochila y sus compañeros ahogaron un grito. Se paró delante de todos y le disparó en la rodilla a su profesor cuando intentó escaparse. Le dio un balazo al chico que lo golpeaba durante todos los recreos. Le apuntó a su mejor amigo y le perforó un ojo. La sangre de ambos salpicó a la chica que le gustaba. Vio las lágrimas corriendo por sus mejillas y no pudo más. Se quebró. Puso el revolver en su boca y…

—¡Hey! —Lo despertó la chica de su sanguinario sueño—. ¿Estás bien?

—S… sí. Sí, estoy bien. —Se refregó los ojos—. ¿Necesitabas algo?

—Sí, te iba a pedir prestadas tus notas de matemática… Si no tenés problema.

Obra

              El elenco no tenía manera de saber que la autora iba a encerrarlos en el teatro rociado de combustible e iba a encender un cigarrillo durante el ensayo. No sabían que esa obra estaba maldita y por eso tenía que arder en llamas. Cosas de escritores.

Maldad en flor (Parte II)

Fea

Estuvo vigilándola toda la tarde. Pero encontró su oportunidad cuando la vio levantarse de su silla para ir al baño. Se puso los lentes de sol y la siguió. Esperó a que entrara a un cubículo y después de asegurarse de que estuvieran solas, cerró la entrada con llave. Se acercó con sigilo y le pegó una patada a su puerta con todas sus fuerzas. La débil traba terminó de romperse y dejó al descubierto a su víctima. Estaba arrinconada y desnuda. Su ropa se había caído al piso y se estaba manchando con barro. Sacó el cuchillo de su pantalón, el que había afilado minuciosamente por meses, y sonrió cuando notó un hilo amarillo recorriendo la pierna de la otra.

A los cinco minutos salió del baño, dejando desfigurada a la excompañera de colegio que por años le dijo que era fea.

Guante

Todavía recuerdo esa tarde. La recuerdo como si hubiese sido ayer. Estaba en el colectivo, volviendo del colegio. Mi mamá siempre me decía que no hablara con desconocidos, pero la curiosidad me estaba volviendo loca. Era de satén, largo hasta el codo y de color rojo intenso. Se balanceaba frente a mis ojos como si tratara de hipnotizarme. Sin embargo, lo que más me llamaba la atención es que la mujer solo tenía uno. Su otro brazo estaba desnudo. Pensé que estaría ocultando algo. Me acerqué tímidamente y le pregunté por qué usaba uno solo. Me sonrió y se sacó lentamente el guante.

Lo que vi me sigue causando pesadillas.

Harapo

Caminó hacia el contenedor con enojo. Todos se habían olvidado de sacar la basura. Otra vez. Todos los días pasaba lo mismo y ya estaba cansada. Abrió la puerta del contenedor y cuando estaba por arrojar sus bolsas notó que no había espacio. Estaba hasta el tope de envoltorios de comida y de harapos. Suspiró e intentó hacer espacio con sus bolsas. Pero dejó de presionar al escuchar un extraño ruido. Dejó su basura en el piso y sacó un pañuelo descartable del bolsillo. Con mucho asco removió entre los residuos hasta encontrarse con un ojo humano.

Incorporarse

Tenía un sabor a óxido en la boca. Se llevó una mano a la cara y vio sangre al quitarla. Sentía mucho dolor en el cuerpo, especialmente en la rodilla. No quiso detenerse en ella. Un simple vistazo le había asegurado que era una fractura expuesta. Pensó en arrastrarse hacia la banquina, pero no tenía fuerzas. De repente, interrumpiendo sus pensamientos, dos luces se encendieron a unos metros de él. El auto aceleró con toda velocidad y lo volvió a arrollar. Ni siquiera tuvo tiempo para incorporarse y mirar el rostro de su asesino.

Jarrón

Pasaba mañanas enteras en el jardín. Llenarme las manos de tierra, oler las flores que nacían y buscar nuevas semillas para plantar eran tareas que lograban desconectarme de la realidad que vivía. Por eso, cuando mi esposo llegó para reclamarme quién era el chico del herbolario con el que me hablaba, yo no me inmuté. Le dije que era eso. Un empleado del lugar. Me dijo puta mentirosa. Su apodo favorito para mí. No intenté calmarlo. Dejé que reaccionara, pero cuando vi que agarraba el terrario en el que había puesto tanto esfuerzo y lo arrojaba contra el suelo, mi mundo se derrumbó. El jarrón se hizo añicos. Poseída por una fuerza que nunca había sentido, agarré las tijeras de podar.

E hice abono con mi media naranja.

El arte no está en pausa

Con esta situación especial que estamos viviendo alrededor de todo el mundo y aprovechando que estoy teniendo más tiempo libre por el distanciamiento social, decidí escribir y subir a Wattpad una serie de microrrelatos de terror. No tienen ninguna temática en especial, solamente están creados a partir de palabras al azar y ordenados alfabéticamente.

El nombre de la colección es ABC de literatura de terror. Y se puede acceder a ella a través del siguiente enlace: https://www.wattpad.com/story/217243428-abc-de-literatura-de-terror