En el día internacional de la mujer trabajadora…

Hoy es el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Circulan muchas versiones del origen, pero Clara Zetkin fue la que propuso que la fecha sea el 8 de marzo, en el II Encuentro Internacional de Mujeres Socialistas de 1910.

Siendo esa la ocasión, me pareció correcto aportar mi granito de arena y hablar del oficio de ser escritora. Hermoso oficio del que nadie te menciona sus contras al ser mujer.

Hace años, leyendo una antología de relatos, me encontré con esta frase de Guillermo Saavedra:

«Las mujeres que escriben en la Argentina podrían decir, parafraseando a Gustav Mahler, son triplemente ignoradas: como escritoras en el mercado, como argentinas en los llamados países centrales y como mujeres en el mundo entero».

Cuando leí eso la realidad me golpeó como un baldazo de agua fría. Me di cuenta, así de rápido, de lo invisibilizadas que estamos las mujeres en la literatura. Estamos a un costadito, en la sección rosa. A nosotras se nos atribuye el mercado de la sensibilidad. Escribimos sobre el amor, las emociones, las flores en la primavera y la brisa del verano. Escribimos poesía o novelas rosas. Mujeres escribiendo literatura «para mujeres.» Sin embargo, los hombres pueden tocar todos los temas habidos y por haber. Hablan del matrimonio, de divorcio, de infidelidad, de violencia, de sexo, de filosofía, de Dios y del más allá. Y en ese caso no hablamos de una literatura dirigida exclusivamente a los hombres. Será que yo siempre leí todo lo que cayó en mis manos, sin diferenciar por género o nacionalidad, que nunca lo pensé.

La nacionalidad era otra cuestión. Me di cuenta entonces que muchos de los referentes de la literatura argentina son hombres. Sé de memoria historias de Borges, Cortázar, Bioy Casares y Sábato. Y está bien, eh. El Túnel siempre me pareció una novela excepcional. Y me encantaba (y encanta) releer relatos de Cortázar. Pero, ¿dónde estaban las mujeres? El mismo libro que estaba leyendo me dio la respuesta. No estaba sola. Estaba Alfonsina Storni, Liliana Bodoc, Silvina Ocampo, Juana Manuela Gorriti, Eduarda Mansilla, Marta Lynch, Beatriz Guido, Angélica Gorodischer, Luisa Futoransky, María Moreno, Matilde Sánchez, Reina Roffé, Cristina Siscar, Susana Silvestre, Alicia Dujovne Ortíz, Noemí Ulla, Ana Basualdo, Liliana García, Inés Fernández Moreno, Graciela Schvartz, Mercedes Roffé, Mirta Botta, Patricia Suárez, Sofía González Bonorino, Andrea Rabih, Cecilia Szperling, Esther Cross, Sara Gallardo, Griselda Gambaro, Sylvia Iparraguirre, Amalia Jamilis, Vlady Kociancich, Tununa Mercado, Elvira Orpheé, Ana María Shua, Luisa Valenzuela y muchas más.

Gracias al internet fui investigando y descubriendo más mujeres que amaban la literatura con la misma pasión que yo. Me fui rodeando de nombres que simbolizaban algo más. Un abrazo, una caricia o una palabra de aliento para llegar a la misma conclusión: no vine a este mundo para complacer los deseos ajenos. Ante la censura, el demérito, el encasillamiento, el machismo, la misoginia y todo el mal de este podrido mundo, tengo la poderosa arma de la escritura. Yo voy a escribir lo que quiera porque así lo quiero. Y si no tengo éxito en la literatura, será por falta de talento, no por mi género.

Notas:
• La antología que mencioné en el texto se llama «Cuentos de escritoras argentinas» y es de la editorial Alfaguara.
• También les invito a leer este interesante (y movilizador) texto de revista Anfibia: http://revistaanfibia.com/ensayo/machismo-y-literatura-el-mercado-de-la-sensibilidad/

Nunca tendrán la comodidad de nuestro silencio otra vez

Hace un par de años iba por primera vez a una marcha de #niunamenos. Gritábamos el nombre de Chiara. Mi corazón entonces no comprendía cómo alguien podía ser tan cruel para asesinar a su novia embarazada y enterrarla en el patio. No terminaba de comprender todavía que, en realidad, la violencia de género siempre estuvo presente en mi vida, como un fantasma. Usando otros nombres, otras ciudades y métodos igual o peor de espantosos. Años antes estaba cenando en la seguridad de mi casa, mirando en el noticiero los pormenores del asesinato de Candela: esa nena de hermosa sonrisa que tenía casi mi edad.

Pero ahora estaba en la plaza, con una pancarta escrita a mano y comprendiendo nociones básicas de feminismo. Pensando, de cierta manera, que la violencia era un fenómeno aislado. Hoy tenemos estadísticas que nos advierten que una mujer es asesinada cada 30 horas. Es decir, que una de nosotras va a faltar dentro de 30 horas. Creo que todas nos preguntamos quién será y si la conoceremos. No puedo decir que las cosas hayan mejorado, pero hoy veo una marea de color verde que es imparable. Una marea que es constantemente criticada e insultada por gente que ignora (o quiere ignorar) que si no defendemos nuestros derechos, nadie lo hará. Este sistema capitalista y patriarcal ampara a los autores de femicidios y travesticidios, de proxenetas y de violadores.

Por este motivo, siempre escribo que ninguna revolución se hizo regalando flores. Que arda todo si tiene que hacerlo. Algún día dejaremos de llorar por las que faltan y faltarán. No sé cuándo sucederá, pero algo es seguro: nunca tendrán la comodidad de nuestro silencio otra vez.